No es Beirut, pero sí la ciudad de España en cuyas calles se vienen sucediendo desde hace años actos de una violencia extrema al calor de las hogueras que algunos delincuentes fabrican cada noche utilizando como leña los coches y los escaparates destrozados de las tiendas en las que entrar a robar. 

Fue referente de modernidad y se está quedando sin argumentos para poder explicarle a sus nietos cómo era hace escasamente unos años, porque se da la circunstancia absurda de que los dirigentes políticos de la ciudad y de la Comunidad Autónoma, son primos hermanos de los encapuchados que la incendian y no quieren darles el disgusto de abroncarles porque los necesitan para cuando vuelvan a gritarles ¡apreteu!

Contrariamente a otras ciudades europeas que también sufren estos actos vandálicos, Barcelona está gobernada por cómplices de los incendiarios que callan cual barraganas acomplejadas.

Pero hoy no he regresado a estos folios para recordar lo que todo el mundo sabe y muchos lamentan, sino para pedirle a los jueces que no nos hagan la competencia a los que nos dedicamos a predicar, como si fuésemos santones de la inmoralidad ajena, filósofos del bien y del mal o cotillas de escalera, porque ellos representan a uno de los tres poderes del Estado y su obligación es aplicar la ley en vez de explicar que hay delincuentes porque fracasaron en la escuela y no encuentran trabajo.

Aunque a España le sobran contertulios no tengo nada en contra de que los jueces participen en esos debates sociales, pero en su tiempo libre y después que quitarse la toga tras haber tomado decisiones jurídicas y penales sobre quienes delinquen, porque éso es lo que espera de ellos la ciudadana catalana que cada noche soporta violencia, saqueos y limitación de sus libertades por culpa de los violentos.

Me parece grave que un político como el consejero de la Generalitat catalana haya dicho hoy que el Estado no tiene medios policiales para controlar adecuadamente la violencia callejera que sufre Barcelona desde hace semanas como tampoco la Guardia Nacional de Estados Unidos pudo impedir el asalto al Capitolio, cuando ambos casos son un ejemplo de desidia gubernamental.

Esas tonterías la pueden decir los políticos, pero no los jueces cuya misión es garantizar el cumplimiento de la ley y sancionar a los delincuentes porque el poder judicial es el último bastión que tiene la democracia cuando el ejecutivo y el legislativo son cómplices silentes o permisivos de quienes alterar la convivencia pacífica a través de la violencia.

Diego Armario