JUEGO DE NIÑOS

El lenguaje corporal de Pedro Sánchez durante el debate presidencial del lunes era mucho más expresivo que el de sus palabras: cabizbajo. La mitad del tiempo se lo pasó mirando sus papeles y ni siquiera miraba a sus rivales al dirigirse a ellos. Que no estaba cómodo era evidente. La primera explicación es que no le están saliendo las cosas como había planeado y su candidatura, aunque sigue en cabeza, no acaba de arrancar.

De ser así, sin embargo, está desperdiciando la mejor oportunidad siendo presidente del Gobierno ayudado por aquel que no ha mucho aseguraba que con él no iría ni a la esquina: Albert Rivera. Sí, el que desde el comienzo del debate se dedicó a buscar el cuerpo a cuerpo con Pablo Casado, su supuesto compañero en el bloque de la derecha, regresando a los tiempos en que buscaba liderar la oposición, desbordando al PP, habiéndolo casi conseguido en las últimas elecciones generales y decía que el mayor peligro para España era Pedro Sánchez.

Fue la primera sorpresa de la noche, pese al trozo de adoquín que exhibió como prueba de que Barcelona se ha convertido en el Dodge City, la ciudad sin ley y orden por la desidia de un Sánchez que busca el apoyo de los secesionistas catalanes para continuar durmiendo en La Moncloa.

Si a eso se le añade que un Santiago Abascal crecido por el salto que le dan las encuestas también empieza a encabezar el bloque de la derecha, insistiendo en que el PP no es más que una versión blanda del PSOE, coincidirán conmigo en que este debate entre las primeras espadas de la política española fue lo opuesto al que había sido el que sostuvieron sus lugartenientes. Entonces quien se se sintió sólo frente a los demás fue Sánchez.

Este tan poco agradable papel correspondió a Casado. Contribuyó a ello que en el bloque de la izquierda ocurrió justo lo contrario. El Pablo Iglesias crítico acerado de Sánchez por considerar que había abandonado a su aliado natural de izquierda, él, para buscar apoyo en la derecha, Ciudadanos preferentemente, volvió a buscar la recomposición de ese bloque hasta el punto de sólo faltarle ponerse de rodillas ante Sánchez para la formación del «gobierno del progreso» que ha venido siendo su meta desde el principio, sin exigir ya su participación en el gobierno, que había frustrado tanta ambición.

No es que le faltaran reproches al líder del PSOE, pero ya sin la crueldad de los últimos tiempos. Ello ha cambiado la dinámica que tenía la carrera electoral. El frenazo del PSOE y ascensión del PP continúa, pero no a la velocidad de antes. Las prisas de unos, las angustias de otros y las ambiciones de todos la han convertido en un juego de niños.

Quedan sólo unos días de campaña, que no sabemos si bastarán para cambiar su signo, pero un tercio de los votantes se decide en ellos. Vencedor en este debate sólo ha habido uno: Abascal. Perdedor, otro: Rivera, que iba a por Sánchez y puede ser su salvación. Es lo que pasa en los juegos de niños.

José María Carrascal ( ABC )