El procés se ha convertido en una fábrica de juguetes rotos. El último ha sido Quim Torra, cesado no sólo por haber desobedecido las ordenes del Tribunal Supremo de Cataluña, confirmadas por el Supremo, de retirar pancartas electorales de los balcones de la Generalitat, sino también por «la contundente, reiterada, contumaz y obstinada resistencia de acatar un mandato investido de autoridad y dictado conforme a la legalidad».

Él lo sabía, ¿no iba a saberlo siendo abogado?, pero una vez más se impuso la arrogancia de creer que ser nacionalista catalán le permitía desobedecer a los tribunales españoles. Se equivocó de medio a medio, como tantos.

Le ha caído encima la del pulpo, pues no es sólo el año y medio de inhabilitación, sino que se le advierte que no podrá volver a desempeñar cargos importantes, o sea, el fin de su carrera política. Aunque tal vez lo más destacado sea que con los aplausos y alborotos callejeros con que le despidieron fueron mucho menos que los usuales en estas ocasiones y que nadie, ni siquiera de su partido, rompió una lanza por él.

Claro que no merecía ni una flecha. Intentará presentarse como víctima, incluso como mártir, siendo una nota a pie de página de la historia catalana.

Una más, pues sus antecesores han corrido igual suerte. ¿Qué se hizo de aquel Artur Mas que, con aires homéricos, se lanzó al retorno a Ítaca, la Cataluña independiente que nunca existió, en la nave de Convergència, embarrancada por Jordi Pujol?

Pues hoy, lo más que puede decirse de él es que se ha dejado barba, tal vez para que no le reconozcan. ¿Y qué decir de Puigdemont?, que iba a capitanear una independencia express y corre el peligro de quedarse en Waterloo como Napoleón en Elba, aunque se necesita poco seso para elegir ese refugio.

Como para elegir a Torra como representante en Cataluña, donde ha terminado enemistado con todos incluidos los nacionalistas más contumaces. Tal vez pensó que no iba a traicionarle nunca, pero los de pocas luces pueden causar más daño sin darse cuenta que los despiertos.

El nacionalismo catalán no ha hecho otra cosa que retroceder y fragmentarse desde que se lanzó a la piscina de la independencia sin mirar si había agua. Nada lo ilustra mejor que lo ocurrido con Convergència, aquel partido que decidía quién mandaba en España bajo Jordi Pujol, hasta que le dio por hacer dinero de forma tan brutal que hubo que pararlo. Los cambios de nombre indican una desintegración en cadena.

Huyendo de la quema, se disfrazó de PDECat (Partido Democrático de Cataluña), que Puigdemont convirtió en Junts pel sí para las elecciones de 2017, y luego, en Junts per Catalunya. Pero en vez de juntarse, se dividen cada vez más y en vez de acercarse a su meta, se alejan.

Nada de extraño que ERC esté dispuesta a pactar con Sánchez aunque no le dé todo lo que pide. Pero ¿se imaginan una Cataluña independiente gobernada por estos elementos?

Los del Comité de Defensa de la República iban a comérselos con patatas, si no habían escapado.

José María Carrascal ( ABC )

viñeta de Linda Galmor