JUGUETES ROTOS

Si no hubiese sido por su desaparición y muerte, tras el hallazgo de su cadáver por la perra Xena en La Peñota, en el rentable circo mediático montado en las televisiones, ¿quién se hubiera acordado ya de la pobre Blanca Fernández Ochoa? Voy más lejos, sin salir de esa Cercedilla rodeada por los siete picos de la muerte: ¿quién se acuerda ya de Paquito, el campeón hermano de Blanca, a pesar de que tenga incluso un monumento en su pueblo? De lo que sí me he acordado en todos estos días de angustiosa búsqueda de la único campeona española de los Juegos Olímpicos de Invierno ha sido de aquella película-reportaje de Manuel Summers, «Juguetes rotos», en la que contaba el triste final de los que en su momento fueron famosos mitos de mil actividades en España, y que ahora buscaban las tablas los pobres hombres en condiciones económicas y personales a veces lamentabilísimas.

E ítem más: ¿quién se acuerda ya del propio ingeniosísimo Manolo Summers, el director de la película «La niña de luto», retrato de toda una época de los pueblos andaluces, o «Del rosa al amarillo», donde demostraba que el amor no tiene edad? ¿Quién se acuerda ya del divertido Summers de los dibujos humorísticos de «Hermano Lobo», e incluso de la propia revista «Hermano Lobo», que usaba la poderosa arma de destrucción que es el humor contra la dictadora de Franco?

Los cinco minutos de fama que decía Andy Warhol que todo el mundo tiene en Nueva York cada vez son más cortos, en la sociedad mediática y globalizada. Cuanto más martillea una noticia con un nombre propio la apertura de los telediarios, antes se olvida el público de esa fama fugaz, por motivos gozosos o dolorosos. Hay que insistir en Pablo Neruda: cada vez es más largo el olvido. Más extenso, más anulador. Hay un momento terrible cuando estamos hablando de alguien que fue famoso en su profesión u oficio, y alguien te pregunta:

-¿Pero murió o vive todavía?

¿Cuántas muertes en vida hay entre los juguetes rotos de la fama? La propia Blanca Fernández Ochoa estaba ya muerta, al menos en la memoria de la gente, antes de que apareciera su cuerpo sin vida donde menos se le buscaba por los escenarios naturales, exterior, día, en el «reality show» con fuego real del dolor de una familia y la consternación de unos vecinos en que muchas televisiones convirtieron su desaparición y búsqueda.

Pienso en esos artistas de nuestro cine que ya nadie sabe si están vivos o si murieron, o si pasan sus últimos días en una residencia de ancianos, con su propia memoria perdida, como se le fue a España de ellos. Pienso en esos que fueron grandes toreros, que ganaron fama y fortuna, que tenían a las mujeres arracimadas y entregaditas a la puerta de sus habitaciones de hotel al término de las tardes triunfales, y que nadie sabe dónde malviven ahora, qué ha sido de ellos, qué hijo o nieto ha tenido la caridad de acogerlos en su casa.

Había un programa de televisión que se titulaba «¿Qué fue de?». Ya ni siquiera nos preguntamos qué fue de aquella guapísima vedette de revista, de aquel escritor que ganó el Planeta con José Manuel Lara, de aquel centrocampista que logró para su equipo los máximos trofeos del fútbol español y europeo. De vez en cuando, pienso en lo terrible de la vida y de la fama cuando alguien me comenta:

-Oye, ¿sabes quién está acogido como pobre de solemnidad en el Hospital de la Caridad?

Y te dicen el nombre de quien fue gente en el mundo del famoseo y los dineros fáciles, o en el del cante, o en el de la música o la empresa. Este mundo de famas de plastilina que estamos construyendo cada vez está dejando más desechos en la terrible cuneta del olvido. Quizá Blanca Fernández Ochoa, en sus últimos momentos de vida, triste juguete roto, pensó en todo esto.

Antonio Burgos ( ABC )