JUNQUERAS, EL CREYENTE ENCARCELADO

Solo he estado una vez como testigo ante un juez, hace muchos años,  por un juicio de faltas en el que iba como testigo y acabé como acusado, y aquel día aprendí que lo mejor que te puede suceder en la vida es no tener nada que ver con gente que se viste rara para tomar decisiones.

La profesión de juez está sobre valorada por unos y minusvalorada por otros, y ambas opiniones están erradas porque son personas con similares defectos y virtudes al resto de los mortales, pero tienen a su favor que cuando deciden algo tiembla el universo personal del justiciable porque ellos son más parecido a un  dios, incluso para los no creyentes.

Por eso hay que andarse con cuidado cuando uno declara ante un señor, o una señora  con puñetas, porque están acostumbrados a tratar con sospechosos de haber delinquido  que mienten como bellacos, ya sean pobres o ricos, creyentes o ateos, pero en cualquier caso sometidos a la prueba del algodón.

La razón por la que Oriol Junqueras sigue en la trena jugando al baloncesto y bajando peso, es porque el argumento  que empleó para que no le enchironaran fue que «él es creyente y que la violencia le parece fuera de lugar»,  y para darle más credibilidad hizo esa intima confesión cerrando uno de sus dos ojos en actitud beatifica.

Su abogado le aconsejó mal porque la fe en cualquier religión está devaluada como argumento de peso a la hora de atribuirse un comportamiento honesto. Solo hace falta leer libros de historia o repasarse los periódicos para encontrar a grandes pecadores  que en en nombre de una supuesta fe han cometidos atrocidades.

Junqueras debió creer que como investigó en los archivos del Vaticano para hacer un trabajo sobre “España y la Santa Sede durante la guerra de la sucesión”, esa nota en su currículo le convertía en un  ser piadoso y merecedor de un crédito añadido, cuando tuviera que defenderse de los delitos que por entonces ya planeaba cometer.

Lo que no sabía era que en la España de nuestros días, que es la suya mal que le pese, ya no hay bulas para curas, monaguillos, abadesas, obispos del Solsona ni vicepresidentes cristianos, porque el crédito de las personas no puede ampararse en lo que crean o dejen de creer, sino en su comportamiento como ciudadanos de una sociedad aconfesional.

Puigdemont, que también es muy de  misa y  comunión, cuando deje de dar el coñazo por ahí fuera y regrese a España, es posible que también argumente ante el juez que su fe  le impide tolerar la violencia, la mentira, y  la xenofobia que practican contra los no independentistas.

Diego Armario