JUNTACADÁVERES

Espectacular el numerito y además incruento, lo que es de agradecer. En rigor, es lo único que hay que agradecer, y no tanto a la organización del festejo como a la divina Providencia.

Uno, que ha visto muchas películas de momias, se temía lo peor (una explosión del helicóptero en el aire, el catafalco cayendo en picado y un millón de zombies saliendo de sus fosas y desparramándose desde todos los puntos cardinales hacia Madrid, con vetustos uniformes militares, camisas que fueron nuevas bordadas en rojo mucho antes de ayer y monos de miliciano hechos jirones de velasco sobre terroríficas carcasas fosforescentes).

Pero no pasó nada parecido, y ni siquiera el mal tiempo deslució la función. El día de su Exhumación fue un claro y fresco día de otoño.

Bueno, y ahora, ¿qué? Como se recordará, una Vidente llamada Carmen en homenaje a la Esposa, a la Hija y a la Nieta Mayor (si no, dígase, ¿por qué la habrían bautizado así en la misma pila en que cristianaron a Pepe Solís?) anunció que no habría paz ni democracia ni felicidad en la espaciosa y triste España mientras su Cuerpo permaneciera en la mastaba donde hasta el jueves estaba y que con exhumarlo bastaba.

Es curioso, porque, en todos los guiones serios de películas de terror y en las novelas de lo mismo, lo que extiende el maleficio es el cadáver insepulto. De haber leído un poco más de literatura de género en vez de delirar con la ideología de género, Carmencita Carroñas habría exigido, como Costa, que pusieran siete llaves al mausoleo, pero no para sacarlo de allí sin alteraciones del orden público, como han acabado haciendo, sino para que no saliera nunca hasta el día de la Resurrección de la Carne y para que incluso entonces lo tuviera difícil.

Bueno, y ahora, ¿qué? ¿Qué ha mejorado en España desde el jueves hasta hoy? ¿Nota la gente los bienhechores efluvios prometidos? ¿Tenemos más paz, más democracia y más felicidad que el miércoles pasado? No cabe duda de que algunos se sienten más contentos.

Por ejemplo, algunos ancianos del PSOE. Uno de ellos, en concreto, se felicitaba de que, por fin, después de cuarenta y cuatro años, se hubiera logrado el viejo sueño de exhumar al inexhumable. Pero, teniendo en cuenta que ustedes han mandado durante treinta de esos cuarenta y cuatro, ¿cómo no lo hicieron antes?, le preguntaba una corresponsal extranjera.

No se podía hacer, respondía, porque todavía el franquismo sin Franco seguía muy vivo en los Aparatos del Estado. Ya, decía la periodista: entonces, ¿ahora está muerto? ¿Quién, Franco?, exclamaba súbitamente alterado el prócer socialista. No, hombre, lo tranquilizaba ella: el franquismo sin Franco. Y él: pues claro.

Pero, si eso es así, insistía la corresponsal, ¿qué necesidad había de exhumarlo? ¿Tan urgente era? Y entonces el tipo balbucea y dice: era urgente, sí, porque hay muchos como yo que no queríamos morirnos sin haber visto este día glorioso.

¿De esto se trataba? ¿De aplacar el rencor y la mala conciencia de los abuelitos felipistas que pactaron con los franquistas una transición a su gusto, minando al Partido Comunista, como convenía a unos y a otros? Si así fuera, no sería del todo inexplicable la operación, por muy exagerada y costosa que haya resultado.

Convengamos que incluso en lo de matar moscas a cañonazos hay cierto grado de racionalidad, pues las moscas son molestas y hay que matarlas.

Alguna alegría había que dar a los más longevos de una izquierda que nunca se distinguió por plantar cara al franquismo cuando Franco vivía. Pero estas lanzadas a moro muerto, como son tan fáciles, crean adicción en los más jóvenes e imbéciles, dispuestos ahora a exhumar a todo bicho muriente.

Jon Juaristi ( ABC )