Después del asesinato de nuestros padres por protocolo eutanásico y encubierto, y de decenas de miles de inocentes, la muerte se ha convertido en frecuente y hasta familiar Justicia, cuando llama a otros que se codearon con las miserias de regímenes criminales hoy encumbrados por la maldad en estado puro.
Premiada la confiada «epulona» por el Satanás de la apariencia sobre la tierra, junto a su marido arrimado a las miserias ideológicas de la siniestra, ésta es la que rinde cuentas de su deambular terrenal hoy, Allá donde le toque, la que vivió muy bien alabando un régimen genocida-cien millones de muertos- y creando cizaña durante décadas de convivencia democrática, despertando oportunistas odios guerracivilistas, en connivencia con demagogos, delincuentes agazapados tras siglas de partido y farsantes sociopolíticos. Así se explaye y  justifique recogiendo siembras.
Su marido, Luis García Montero, es quien escribió en el colmo de la insensibilidad, ahorrándome gravosos calificativos, «Todos somos Ana Julia Quezada», la asesina del niño Gabriel. Tal para cuál. Supieron repartirse entrambos las migajas que lanzaron sus no menos confiadísimos amos. Premiados, agasajados, valorados, bien compensados a remolque del despreciable emolumento de la disensión y el gregarismo que tan buenos dividendos rinden en tiempo de paz reverdeciendo guerras pasadas.
Vaya con Dios, o lo que corresponda. El destino le dictó:»hasta aquí has llegado, que ya has cumplido con creces en vida el responsable papel que te inspiraste para la muerte». Justicia divina tenga. Como decía Jesús:»Ay de aquellos que hayan sido alabados por lo mundano, porque ya habrán obtenido su recompensa». Siendo mucha de su siembra cizaña, la confiada sembradora se llevó consigo tan vana cosecha.
 Así y todo, descanse en Paz después de las facilidades terrenas. Cuestión aparte es cuando la Parca llame a Sánchez, Iglesias, las Montero y a este aquelarre demoníaco que confiadamente sigue maniobrando sin pensar que la muerte no es el final, y al cabo de todo se rinden cuentas de las miserables y canallescas obras.
Pobres, míseros, demonios confiados, revueltos en sus tumbas, inexorablemente, futuros entes aterrorizados.
Ignacio Fernández Candela ( El Correo de España )