JUSTICIA PARA LAURA

El asesino de Laura Luelmo nunca habría debido tener la oportunidad de alcanzarla con sus garras. Su sitio era la cárcel de por vida, alejado de una sociedad en la que había demostrado no ser capaz de integrarse. La prisión permanente (revisable o no) donde purgar, alejado de las personas de bien, la maldad que arrastraba ya antes de arrebatar el futuro a una joven maestra indefensa.

Laura Luelmo estaría viva si Bernardo Montoya hubiera estado preso, como imponían el sentido común y la más elemental prudencia. Años atrás, ese individuo había degollado a sangre fría a una mujer para impedir que lo identificara en un juicio y asaltado a una chica durante un permiso penitenciario. Su historial, plagado de violencia, constituía en sí mismo un alegato a favor de la reclusión perpetua, pese a lo cual Montoya estaba libre para asaltar a otra inocente y arrastrarla a las profundidades de su depravación, porque nuestro sistema judicial es garantista y antepone los derechos de los criminales a los de las víctimas.

Porque los legisladores «progresistas» se sienten más tranquilos pensando que así contribuyen a la reinserción de delincuentes encallecidos que no sólo carecen de la voluntad de reinsertarse, sino que aprovechan la menor ocasión para hacer daño. Porque los responsables de hacer las leyes prefieren ignorar que el mal existe y tiene cara, nombre y manos con las que matar a muchachas como Laura Luelmo. Porque para salvar sus inmaculadas conciencias eluden su deber de combatir ese mal con todos los recursos que brinda el Estado de Derecho.

Laura Luelmo hoy está muerta mientras su asesino vive y quién sabe si volverá a matar. Mujeres de toda España se movilizan, cargadas de razón, para exigir seguridad y demandar medidas educativas destinadas a prevenir nuevas agresiones sexuales, aunque pocas se atreven a pronunciar alto y claro la palabra castigo. Castigo suena mal. Castigo es políticamente incorrecto.

Castigo, a diferencia del feminismo oficial, no es de izquierdas. Castigo rechina en boca de la progresía. Y, sin embargo, castigo es la palabra clave. La que resuena en las gargantas de millones de españoles. Castigo proporcional a la magnitud del delito y, llegado un caso como el de Laura, castigo sin perdón posible.

Nuestro Código Penal fue demasiado blando durante demasiado tiempo y aún hoy se queda muy corto, tal como demuestra la libertad incomprensible de esta bestia, pese a lo cual será de nuevo recortado si sale adelante la iniciativa presentada en 2017 por el PNV para eliminar esta figura de nuestro sistema legal.

Tanto PSOE como Podemos y los separatistas respaldaron en su día la moción con entusiasmo, aduciendo argumentos de tanto «peso» como que la cadena perpetua no es justicia sino venganza, y ayer mismo, en el Congreso, se reafirmaba en esa postura la podemita Belarra, con el aplauso sonoro de la vicepresidenta Carmen Calvo, ante un PP decidido a mantener la firmeza en la defensa del sentir de la sociedad, aunque sea en solitario.

Me gustaría oírles hacer ese discurso buenista a los padres de Laura Luelmo, pero no lo harán. Les falta valentía para atreverse. Nos vendrán con la monserga de «no legislar en caliente», mientras los depredadores sueltos van afilando la navaja y se ríen de sus complejos.

Isabel San Sebastián ( ABC )