LA ARBITRARIEDAD

Carmen Calvo, vicepresidenta del Gobierno por la gracia de Pedro Sánchez y de todos los separatistas, comunistas, extremistas y enemigos de España en el Congreso, dice que ya está bien de pedir elecciones. Dice esa señora que pedir las elecciones que Sánchez prometió es «crear tensiones». Lo que deben hacer los partidos es «arrimar el hombro». Lo demás es «hacer oposición al Estado». Asegura Calvo que antes de cualquier elección hay que restablecer el Estado de bienestar tan dañado por «la derecha».

«O la democracia es Estado de bienestar o estamos hablando de contar votos malamente». Las elecciones generales son «contar votos malamente». Este procaz desprecio a la voluntad expresa del pueblo soberano debería hacer sonar las alarmas de esa oposición cuyos líderes parecen «el petimetre» de Lucky Luke. Así se las ponían… a Chávez y Maduro. Como allí, es la arbitrariedad la que gobierna.

Si se toman en serio a Calvo, que afirma que no habrá elecciones hasta que se haya «restablecido el Estado del bienestar», se puede acabar pensando que, en su permanente delirio cambiante, este Gobierno evalúa la posibilidad de no respetar la legislatura y suspender elecciones indefinidamente. Porque Sánchez no va a restablecer ni el Estado ni el bienestar ni nada de aquí a 2020. Al contrario, todo indica que este Gobierno puede provocar en meses una crisis general de catastróficas consecuencias.

Ya se intensifica el frenazo de la economía y, con anuncios de expolio a la población, disparado el gasto, sin margen de maniobra en la deuda y los tipos de interés determinados al alza, la economía de la España de Sánchez puede hundirse en tiempo récord. Y ahí no van a ayudar banqueros feministas. Por otra parte y debido a su servidumbre a los compromisos secretos, Sánchez toma sin parar medidas que debilitan al Estado frente a sus enemigos, que son los socios del jefe de Gobierno.

Con el enfrentamiento civil en Cataluña en marcha y su posible extensión a otras regiones y siendo pelele de todos en una crisis de inmigración en la que este Gobierno ha puesto a España en la peor situación imaginable. Así las cosas, para Sánchez y su tropa de ninfas fanáticas la salida más sensata a una situación que escapa rápidamente a su control sería la convocatoria de elecciones. Pero Sánchez y Calvo sufren -o gozan- ya el síndrome del sátrapa que no quiere «contar votos malamente». No vaya a haber pocos propios. ¿Cómo evitarlo? Como campeones de la arbitrariedad pueden hacer cualquier cosa.

Igual invitan a media África a España que deportan a miles de africanos en vagones de ganado. Tan dispuestos a entregar Cataluña a los golpistas como a mandar al Ejército. Cualquier cosa para quedarse ellos donde nunca habrían llegado a través de elecciones. Hace días, el gran periodista peruano Jaime Bayly preguntaba que cómo era posible que Sánchez abrazara a un dictador repugnante como Evo Morales. Y se negara a llamar dictador al asesino de Maduro. Porque Sánchez, para quedarse, está dispuesto, en ese reino de la arbitrariedad total, hasta a emularlos a ellos.

Hermann Tertsch ( ABC )

viñeta de Linda Galmor