A una diputada comunista de la Asamblea de Madrid, la doctora García, la artrosis le ha jugado una sombra china: señala a un pepero con el dedo y le sale un homenaje a Prieto, que blandió una pistola en los escaños del Congreso.

Aparente o real, una pistola en política es una pistola. Una pistola bastó para cambiar la II República francesa por el II Imperio (la pistola que desenfundó el diputado Duque de Morny, hermanastro del presidente Luis Napoleón: «En mi línea, que somos bastardos de la madre al hijo durante tres generaciones, yo soy biznieto de rey, nieto de obispo, hijo de reina y hermano de emperador»), del mismo modo que en Cáceres ha bastado un alcalde con boina para cambiar a Calvo-Sotelo, esa sombra de Prieto, por Gloria Fuertes («En mi cara redondita / tengo ojos y nariz, / y también una boquita / para hablar y para reír»), y a Primo de Rivera, golpista jefe de Largo Caballero, por Atahualpa, que le cantó «Río rebelde» a su hermano Huáscar.

La doctora García achaca a la artrosis la sombra china que nos hace ver en su dedo apuntador una pistola. ¿Qué clase de artrosis puede convertir una mano femenina tipo Kathleen Turner en «Fuego en el cuerpo» en el brazo loco del inspector Kemp en «El jovencito Frankenstein»?

-Es anestesista -nos aclara un liberalio, vicepresidente de Castilla y León, la región que los destazadores autonómicos del 78 dejaron en una piel de conejo para impedir que degenerara en «otra Prusia».

Pereza da pensar en el columnismo letraherido y sus largos sollozos de violines en otoño lastimando nuestros corazones con monótona languidez, si fuera Macarena Olona la de la artrosis. «¡La dialéctica de los puños y de las pistolas!» (Por cierto, que tampoco los falangistas fueron los chicos de Sorel, como prueba que su dirección, ganando la guerra, cayera entera, por ni uno solo de la de los que la perdieron).

Lo de los anestesistas con artrosis del liberalio castellano es como lo de los «judíos con prepucio» de Voltaire.

Ignacio Ruiz ( ABC )

viñeta de Linda Galmor