LA BATALLA CULTURA CONTRA ETA

España ha luchado durante sesenta años contra ETA. Funcionarios anónimos han dedicado todos sus esfuerzos (incluso sus vidas y las de sus familias) en operaciones que nada envidian a la historia de Unabomber. La liberación de Ortega Lara en 1997; la detención de la cúpula de ETA en Sokoa en 1986; la operación contra la cúpula de ETA en Bidart en 1992; la detención de Txeroki y de los autores del atentado de la T4 en noviembre de 2008… Detrás de cada una de estas operaciones (entre otras muchas) se esconden historias de auténticos héroes contemporáneos de España. Funcionarios españoles que han protagonizado historias dignas de las más aclamadas producciones de Hollywood.

Las víctimas del terrorismo han sido los otros grandes protagonistas de la historia del final de ETA. Un total de 855 familias destrozadas, de las cuales, ninguna ha buscado la venganza o ha fomentado el odio. Todas han confiado en el Estado de derecho y en la Justicia, a pesar de que 358 de estas familias aún no saben quién asesinó a sus seres queridos. Es justo reconocer que ETA ha sido derrotada policialmente. Sin embargo, también es cierto denunciar que, en el plano comunicativo, la iniciativa narrativa la está liderando la organización terrorista. ETA no solo se ha librado de la fotografía de su derrota, sino que comunica de manera eficaz sus mensajes. Un mensaje donde la propia ETA y sus miembros (los presos), la izquierda abertzale y el nacionalismo vasco se están posicionando como los “artesanos de la paz”.

La derrota de ETA y el triunfo del Estado de derecho deben contarse de manera eficaz. La memoria colectiva no se construye con declaraciones institucionales y textos en pdf. La opinión pública se crea en plataformas de entretenimiento como Netflix: en series; en películas; en novelas; en exposiciones interactivas… en definitiva, en la cultura. Ganar la batalla cultural a ETA requiere políticas de Estado. Es una necesidad política en un país carente de narrativas contemporáneas que generen consenso y cohesión social. La confianza en las instituciones públicas necesita nuevos héroes y símbolos que construyan una Historia común. Libros como Patria o Sangre, sudor y paz marcan el camino a seguir, pero aún queda mucho por hacer. El zulo de Ortega Lara aún permanece cubierto de hormigón.

Javier Lesaca ( El País )