LA BELLEZA FÍSICA Y MENTAL

He visto la belleza en la mirada de ojos azules de una anciana que lucía en su rostro las huellas de su piel arrugada, que no eran sino los surcos de los muchos caminos que anduvo en su vida,  plena de momentos felices y tragos amargos.

La he visto también en la sonrisa abierta y los dientes blancos de mujeres y hombres entrados en kilos,  que hacen verdad un antiguo rumor que les otorga la bonhomía de la que carecen los enflaquecidos adustos y a veces mal encarados ascetas.

Me he sentido atraído como por un imán  al cruzarme con mujeres guapas de cuerpos perfectos, andar pausado, sonrisa abierta y olor a deseo, pero también me he fijado sin reparo en esas otras que transmiten su personal encanto  hecho de detalles que seducen a cualquier persona amante de las sensaciones que transmiten con su mirada prometedora.

Me fijo menos en los hombres  guapos y de atractivo insultantemente rompedor,  porque en ese terreno nunca me gustó la competencia y prefiero consolarme pensando que el percentil en el que nos situamos los  tipos normales  sigue siendo un nivel estético muy aceptable, porque al menos nos queda la gravedad de la voz y el historial de nuestra mirada.

En cambio no me gustan nada los rostros artificiales operados hasta el hastío, las tetas tan grandes y redondas como fraudulentas,  y los culos ampliados como si fuesen la prolongación de un apartamento de vacaciones reformado.

A esta clasificación estética,  que carece de rigor porque es muy subjetiva,  hay que añadir los parámetros que nos ofrecen estos tiempos en los que la ideología ha penetrado en el campo de la fealdad o la belleza para convertir a las mujeres en seres cosificados al servicio de una consigna.

Las manifestaciones en favor de la liberación de la mujer a veces van acompañadas de escenas que pretenden asociar la reivindicación con la fealdad sin que tenga por qué ser incompatible con la belleza, porque no lo es,  y aparecen jóvenes o no tan jóvenes, desnudas, con  gesto adusto, el cuerpo pintado con consignas reivindicativas, a veces con palabras referidas a sus órganos sexuales y axilas sin depilar.

Unas, según las fotos que nos ofrecen la prensa y las redes sociales, son mujeres normales con rasgos estéticos razonables, pero siempre se les cuelan otras que no llegaron al tiempo al reparto de cuerpos o caras y que convierten una manifestación justa en un espectáculo esperpéntico.

Hoy solo  quería hablar de la belleza física, así que  ruego que me disculpe quien se haya sentido incomodado por mi estrambote final, pero me venía a mano  poner ese ejemplo que también forma parte de la realidad estética de este país en declive.

Diego Armario