Pedro Sánchez negocia como los que dicen: «Si sale cara, gano yo. Si sale cruz, pierdes tú». O sea, que nunca pierde. Claro que es demasiado, ¿cómo diríamos, cobarde? No, dejémoslo en cauteloso, y deja la negociación en manos de un subordinado para que, si se pierde alguna bofetada, la reciba en su cara en vez de en la suya.

Ningún ejemplo mejor que el rebrote del endemoniado virus, dos meses después de que el presidente lo diera por vencido. Si estas son sus victorias, ni imaginar quiero lo que deben ser las derrotas. Sobre todo en Madrid, donde los vecinos, tras un encierro demasiado estricto y largo, se lanzaron a una desescalada demasiado corta y precipitada.

Las consecuencias eran previsibles: múltiples contagios y muertes hasta ponerse a la cabeza no ya de España, sino de Europa, con las autoridades locales vacilando entre los que advertían que, de no tomar medidas drásticas de aislamiento, volveríamos a la cima primaveral de la pandemia, y quienes decían, que como se volviera al cerrojazo, la comunidad se iba al garete.

Y lo más grave es que ambos tenían razón. Estamos ante una de esas situaciones en que no hay salida buena, ambas son malas. Un dilema que recuerda el de los bandoleros a los viajeros en Sierra Morena apuntándoles con el trabuco: «La bolsa o la vida».

La inmensa mayoría elige, por puro instinto de supervivencia, la vida. Que es lo que se hizo ante el primer envite del covid-19: confinar a la población en sus casas, paralizando la actividad, excepto la esencial para mantenerse, nada más. Se paró, si, la propagación de la pandemia, pero los daños a la economía fueron bestiales hasta el punto de que ramos enteros del comercio y la producción quedaron en los huesos.

Con lo que la pregunta se planteaba de otra forma: ¿de qué sirve no morir de un trabucazo, si termina uno muriendo de hambre? Con los que, ante los primeros síntomas de alivio sanitario, se procedió a una desescalada que hoy nos damos cuenta fue demasiado rápida, no ya en Madrid, sino en la mayoría de las ciudades y autonomías más industriosas.

El Gobierno central, listo que es, dejó el muerto, nunca mejor dicho, a las autoridades locales y allá os las arregléis. Madrid se resistió, con algunas otras, como Barcelona, y Sánchez no ha tenido más remedio que asumir el mando. Pero a su manera, como todo.

Este hombre es escurridizo como una anguila. De entrada, nada de Congreso, sino por una orden del Consejo Interterritorial de Salud, que se presenta como unánime sin serlo, pues como queda dicho, algunos se opusieron.

Luego, porque sigue dejando muchos cabos sueltos. Lo que está claro es que el Gobierno intenta cambiar de régimen en etapas: quiere cambiar la renovación del CGPG bajando el umbral a los 12 vocales elegidos por los jueces, ha permitido a ayuntamientos y CC.AA. sobrepasar el techo de gasto e impone a éstas un confinamiento de dudosa validez.

Así, a plazos se acaba una nación y se monta una dictadura.

José María Carrascal ( ABC )

viñeta de Linda Galmor