En los partidos políticos, en las empresas bancarias y en algunas órdenes monacales, hay preceptos no escritos que suelen seguirse con disciplina colectiva, y uno de ellos es la exigencia de la discreción.

La recomendación en sí podría ser positiva de no ser porque lo más parecido a un discreto es un mediocre. Distinguir a un mediocre de un discreto es muy complicado, porque el discreto inteligente no muestra su inteligencia por temor a perder la discreción, y se confunde con los anodinos gregarios que copan los partidos políticos.

Da lo mismo la ideología en la que se sustente el partido, porque el partido se transforma en una empresa, que tiene asuntos bastante en común con algunas órdenes religiosas.

Cayetana Álvarez de Toledo, por lo que le he escuchado y lo que le he leído, es inteligente. Hasta aquí nada que objetar por parte del padre prior del partido. Y es brillante. Bastante.

Y, como no es mediocre, y le parece una estupidez hacerse la mediocre, ha dejado de lado la discreción, y las medianías, que asolan con altos porcentajes el ejército de los partidos políticos, se han revuelto inquietas, porque si las cosas seguían así podría llegar el día en que se descubriera la enorme cantidad de mediocres que medran vestidos con la capa de la discreción.

Y no me refiero a personas recién nombradas, como es el caso de Ana Pastor, de probada eficacia, sino a ese coro que, desde el primer día que abrió la boca Cayetana en el Congreso, se revolvieron desasosegados e intranquilos por su porvenir.

Porque el porvenir del mediocre está claro: ingreso en las juventudes del partido en cuanto cumple la mayoría de edad; licenciatura combinada con alguna concejalía de municipio modesto; salto a diputado autonómico; y, tras una espera, diputado en Cortes, con misión de aplaudir con entusiasmo todo lo que diga el padre prior.

La llegada de una mujer, que lo mismo firma un artículo en el «Finacial Times», que critica a Rajoy siendo el Gran Patriarca, o que se mete en la cueva del dragón secesionista, era demasiado para la gruesa nómina de mediocres que cobran todos los meses, gracias a ser militantes con cargo.

En las batallas, hacerse el muerto es una fórmula para salvar la vida, pero no para ganar la batalla. Y Cayetana no es mujer de hacerse la mediocre. Su derribo veraniego no me sorprendió demasiado. Conozco la enorme fuerza, dentro de las empresas, de la cofradía de «los mediocres unidos jamás serán vencidos».

Y están muy contentos. Que todavía estén más contentos que ellos los partidos contrincantes les debería intranquilizar, pero no hay peligro, porque lo que les desasosegaba de verdad era Cayetana. Ya está fuera.

Enhorabuena a la cofradía.

Luis del Val ( ABC )