LA BROCHA GORDA

El supremacismo amarillo se a va poner a pintar, debe ser que les sobra el dinero. Por lo menos, la comisión de expertos ha tenido el detalle de excluir de su dictamen el método talibán de escombrar obras de arte a cañonazos. A nadie debe extrañar el resultado del dictamen ya que la propia consejera de Cultura ha presidido la comisión de expertos independientes o independentistas, depende de cómo se cuente.

La conclusión es que van a darle una mano de pintura a los murales del salón Sant Jordi -quién sabe si de un amarillo que exalte la segregación etno-lingüística- para que se vea el legado del ultraderechista Torra. Tal vez, un retrato del actual presidente de la Generalitat, rodeado de encapuchados tirando bolas de acero e incendiando contenedores sea la escena más adecuada que recuerde el histórico momento de la deconstrucción torrada de España.

Los expertos del amarillismo nacionalista van a quitar a España de la vista con la brocha gorda. Se trata de borrar lo que en 1926 decidió la dictadura de Primo de Rivera, que a su vez mandó tapar los murales de Torres García encargados por Prat de la Riba, presidente de la Mancomunidad de Cataluña en 1914.

Hasta la fecha, nadie se había atrevido a repetir la redecoración hecha en tiempos del «cirujano de hierro». Ni siquiera en la Segunda República, con golpe de Estado incluido desde la Generalitat en 1934, se les ocurrió ponerse a repintar la historia.

La reforma de interiores del salón Sant Jordi elimina pinturas consideradas por los expertos de la consejera como «ideológicas» ya que representan hechos como la batalla de Lepanto, la entrada de Colón en Barcelona y el compromiso de Caspe, considerado el precedente de la unificación de los reinos de España en 1410. Hay que inventarse otra historia, incluso a brochazos. Pero ni los hechos que aparecen en los murales, ni el momento que se vivía en España cuando se tomó la decisión de redecorar el salón en 1926 se pueden cambiar.

El separatismo catalán segrega y separa como cualquier nacionalismo. Se empieza en las aulas de los colegios y universidades y se acaba separando por colores en los autobuses. Desde la Corona de Aragón -qué le vamos a hacer, señores del Condado- hasta la Monarquía parlamentaria de 1978, la historia no es cuestión de gustos como los colores.

Por mucho que se empeñen en coger la brocha gorda no van a poder tapar ni su propio desastre. El separatismo catalán ya lo ha destrozado todo. Habrá que ir pensando en la reconstrucción. Y no se trata de los murales.

Juan Pablo Colmenarejo ( ABC )