LA BUENA Y LA MALA GENTE

La única clasificación rigurosa que existe es la que diferencia a la buena de la mala gente y esta simple ecuación es suficiente para andar por la vida equivocándose lo menos posible porque lo que define al personal no es solo su ideología, su posición social, ni tampoco su nivel de estudios o sus creencias, sino su honestidad frente a la vida y a los demás.

Por eso resulta relativamente fácil distinguir a una buena persona de un hijo de puta, que como todo el mundo sabe no es preceptivo que su madre sea una señora ligera de cascos, porque esa condición se adquiere autónomamente  y no siempre es hereditaria.

A veces tarda uno en darse cuenta que si está situado en el lado equivocado porque mira a su alrededor y observa rostros y actitudes de personas con las que no tiene nada que ver, sobre todo cuando las escucha hablar y comprueba que de su boca solo salen palabras de odio porque han perdido la capacidad para la tolerancia y  sustituyen el matiz por el insulto de brocha gorda.

Es cierto que al escribir estas líneas estoy pensando en nuestro país donde cada día un mayor número de gente principal pronuncia discursos  llenos de odio que más bien cuadrarían en boca de villanos y maleantes, aunque no diría yo que no lo son, porque no basta con vestirse de paño caro para disimular la podredumbre mental que arrastran y  a pesar de  esto  no andamos del todo mal, porque vivimos en un país capaz de enfrentarse con éxito a sus propias miserias.

Pero como decía Calderón de la Barca en “La vida es sueño”, hasta  los sabios tardan en descubrir que sus desagracias siempre son superadas por alguien que las padece en  grado superior,  y por eso estos días  no dejo de mirar hacia Venezuela y me preocupa lo que allí sucede con un  pueblo que reclama derechos tan elementales como el pan, la salud y la libertad,  mientras sus gobernantes les responden con ausencia de alimentos y medicinas,

Los que vivimos en mundos más soportables nos olvidamos de los dramas lejanos porque para muchos las desgracias ajenas solo son impulsos emocionales que duran la vigencia de una consigna o el tiempo de un telediario.

Si nuestros gobiernos – los de todos los países que han reconocido el drama humanitario  de una Venezuela con hambre y sin libertad – han pasado página y les abandonan, los ciudadanos decentes no podemos hacer lo mismo, porque para este caso también vale la clasificación entre la buena gente y los hijos de puta.

Diego Armario