LA CALAMITOSA GESTIÓN DE COLAU EN BARCELONA

Ada Colau llegó a la Alcadía de Barcelona prometiendo una renovación profunda en las formas y en el contenido. Y a fe que lo ha conseguido: nunca antes se había visto tanta impericia y falta de competencia por parte de quien lleva el bastón de mando de la segunda ciudad de España. Colau, ciertamente, removió la conciencia social alrededor del problema de la vivienda durante sus años de activismo.

Pero se está revelando una política incapaz, una gestora desastrosa y una estratega errática. Aterrizó en la primera línea apoyada en una retórica inflamada y el adanismo propio de la izquierda dogmática. Tres años después, el Ayuntamiento de Barcelona ha encallado en un bloqueo fruto de la caótica ejecutoria de una dirigente que, tratando de contentar a todos, no está gustando a nadie. Ni siquiera a los suyos, a tenor del retroceso electoral de su grupo en las últimas elecciones catalanas.

Colau fue elegida alcaldesa, pero dispone sólo de 11 concejales en un Consistorio de 41. Necesita un acuerdo con dos grupos municipales para sacar adelante cualquier iniciativa. Pese a su precaria situación, la alcaldesa de Barcelona nunca ha considerado prioritario tejer un pacto de cara a hacer viable la legislatura. Tras unos meses de inestabilidad, decidió incorporar al PSC al equipo de Gobierno municipal. Este acuerdo se rompió en noviembre pasado, tras una consulta interna entre las bases de Barcelona en Comú -la sopa de siglas que encabeza Colau- en la que participaron apenas 3.800 personas.

La expulsión de los socialistas llegó tras la aplicación del artículo 155 y en vísperas de los comicios de diciembre. Colau buscaba hacer un guiño a los soberanistas, con la vista puesta en un eventual papel de bisagra de la marca con la que Podemos confluye en Cataluña. Al final, ni una cosa ni la otra. Ni bisagra, pese al escandaloso apoyo de Catalunya en Comú a la hoja de ruta separatista; ni estabilidad en el Ayuntamiento, teniendo en cuenta que ahora Colau depende de ERC y del PDeCAT para sacar adelante los Presupuestos de 2018, lo que le obligará a concesiones a izquierda y derecha.

Este embrollo se visualizó en el Pleno de ayer. Colau perdió de forma estrepitosa la moción de confianza a la que se sometió tras recibir el voto en contra de toda la oposición. Ahora, si no se articula ninguna alternativa, Colau conseguirá el objetivo que busca:aprobar automáticamente las cuentas de este año, tal como señala el procedimiento. Sin embargo, el correctivo recibido revela el frágil equilibrio en el que asienta su Gobierno, lo que aboca a la legislatura al fracaso.

Barcelona, pulmón del Corredor Mediterráneo, es un puntal de España en el exterior. De su dinamismo depende la salud económica de Cataluña. Colau no ha sido capaz de proteger los pilares sobre los que se fundamenta la condición de urbe global. El encarecimiento de la vivienda no se ha frenado, las inversiones se esfuman y la moratoria turística cercena el crecimiento de un sector que aporta alrededor del 20% de la factura comercial de Barcelona. A ello se unen los titubeos a la hora de asegurar el futuro de eventos como el Mobile World Congress, cuyo impacto económico se cifra en 500 millones de euros; o a la hora de pugnar por la sede de la Agencia Europea del Medicamento, perdida por la escalada independentista.Por no hablar de errores de cálculo, como por ejemplo la negativa a instalar bolardos en Las Ramblas.

La onerosa ejecutoria de Colau se traduce en el letargo de Barcelona, lejos de la vitalidad y la transformación que irradió durante los mandatos de Maragall. Se debe a la inoperancia de una alcaldesa desbordada, pero también por su respaldo a la hoja de ruta soberanista. Colau defiende un referéndum vinculante, acudió a votar el 1-O y no se movió de la ambigüedad a la hora de rechazar tanto la declaración unilateral de independencia como el 155. El resultado de todo ello es la parálisis del Ayuntamiento de la capital catalana y la sumisión de la izquierda a la estrategia secesionista.

El Mundo