LA CALLE

Nunca he pensado que mis ideas podrían defenderse mejor en la calle. Nunca he tenido ninguna necesidad de manifestarme ni he visto ninguna convivencia ordenada surgir de la agitación y la propaganda. Las demostraciones callejeras son intimidatorias y propias de los que oponen la legitimidad a la legalidad, con sus conocidos resultados.

Europa guarda de ellos una triste memoria. La vicepresidenta Calvo ha dicho: «quien no es feminista, que se revise si es demócrata». El totalitarismo empieza siempre por una frase. Se convierte al discrepante en enemigo. Se le echa del terreno de juego y ahora lo más es llamarle fascista.

Luego las calles se toman «por asalto»: insultando a las mujeres que son de otro partido, como sucedió ayer con las representantes de Ciudadanos, o como sucede cada noche en Barcelona con los independentistas que se creen con el derecho de cortar la Meridiana.

Son los legítimos y alguien les ha alentado. El totalitarismo culmina negándote el derecho a defenderte, que es negarte el derecho a existir. El ministro Marlaska justificó el año pasado la agresión que sufrieron algunos líderes también de Ciudadanos en el desfile de los homosexuales.

Otra manifestación, otros legítimos creyendo que su causa estaba por encima de cualquier respeto a los demás, y que de hecho se basaba en su desprecio. Otro totalitarismo que empezó por una frase. En cada manifestación, el bulto intenta amedrentarnos y desde el 15-M hasta el independentismo, pasando por aquello de los taxistas y por el feminismo -afortunadamente mucho más minoritario este año que el anterior-, lo que España ha conocido en la calle es lo peor del mundo civilizado.

En nuestra democracia tan garantista, con tantas vías para reclamar lo que cada uno estime oportuno, tomar el espacio de todos, colapsar las calles e impedir el paso de los demás es un chantaje, un escrache, una clamoroso atropello al prójimo.

Luego es sólo cuestión de tiempo que lleguen los insultos, las agresiones, los escupitajos. Y un ministro socialista, que fue nada menos que juez, justificándolos; y una vicepresidenta llamándote fascista si te atreves a decir que la libertad agoniza con las cuotas, con el resentimiento, con el odio amontonado de los legítimos tomando la calle.

Salvador Sostres( ABC )