LA CARA Y EL CARETO

La Semana de Pasión que arrancó ayer domingo y termina el de Ramos, recordado sea a la salud de los que la confunden con la Semana Santa, corre el riesgo de convertirse en un océano de metáforas a las que recurriremos cuantos nos vemos en la penosa obligación de escribir sobre esta larguísima campaña electoral.

Comienza oficialmente en la medianoche del viernes, con esa extinta tradición de la pegada de carteles que ahora es virtual, pero empezó de verdad hace once meses, cuando Pedro Sánchez anunció la moción de censura que lo llevó hasta La Moncloa en una interinidad que ahora quiere consolidar mediante las urnas.

Sólo una encuesta puede constituir fiable referencia de lo que sucederá el día 28: la que se hizo el 2 de diciembre en las elecciones autonómicas, cuando casi un millón ochocientos mil votos terminaron con la larga hegemonía del PSOE en la región.

Quizás por eso eligió el «finde» para mitinear en esta tierra y meter miedo con la triple alianza que amenaza con dar trabajo al sector colchonero del septentrión madrileño. «Hemos visto en Andalucía que cuando los socialistas nos relajamos, la derecha vuelve con la cara más machista y más xenófoba», bramó en enésima constatación de que su único argumento para mantener el Gobierno es el miedo que (cree) infunde en el electorado la evocación de un significante, «derecha», cada vez más vacío.

Sobre todo, porque no acertó a detallar ni una facción de esa faz «machista» ni de esa jeta «xenófoba» que presuntamente han mostrado quienes desalojaron de San Telmo a Susana Díaz. Que, por cierto, asistía al discurso con el careto de acelga y el rostro marmóreo de quien desayuna cada mañana el sapo de tener que plantarle una sonrisa al tipo que más desprecia y que, sabe positivamente, le segará la hierba bajo los pies en cuanto pueda.

Lucas Haurie ( la Razón )