LA CATALUÑA AMPUTADA DEL SEPARATISMO

En las últimas semanas, con el subidón de su nombramiento como eurodiputado, el errabundo Puigdemont ha anunciado que convocará una concentración en «Cataluña Norte»; y también ha amagado con trasladar su residencia al Rosellón, para acentuar románticamente los paralelismos con el exilio de Macià en Villa Denise.

Estos gestos retóricos nos permiten señalar la descomunal mentira sobre la que se asienta el separatismo, que además de querer amputar España acepta la amputación de Cataluña. Pues, en efecto, el Rosellón y la Cerdaña son parte constitutiva de la Cataluña histórica.

Formaron parte de la Marca Hispánica erigida por Carlomagno como barrera defensiva frente a la invasión musulmana y se convirtieron en vanguardia de la Reconquista, para integrarse en el Reino de Aragón, hasta que el inútil de Juan II los entregó a Francia. Será su hijo Fernando quien recupere el Rosellón y la Cerdaña para la Corona de Aragón y, por lo tanto, para España, en 1493 (que debería considerarse la fecha en que se consuma la unidad española, en lugar de 1492).

Así permanecieron el Rosellón y la Cerdaña durante casi dos siglos, hasta que en 1659, una España que había salido herida de muerte de Westfalia los entrega a Luis XIV, estableciendo como condición que respete sus Usatges. Pero Luis XIV incumple de inmediato lo pactado y deroga los Usatges, privando a los condados catalanes de sus leyes e instituciones propias, que la monarquía española había respetado, y prohibiendo además el uso de la lengua catalana en todo tipo de documentos públicos.

Luego, el jacobinismo revolucionario consumaría el atropello, imponiendo una estandarización de las diversas lenguas de Oïl como única lengua oficial y confinando el catalán, así como las lenguas de Oc, en la marginalidad, en uno de los mayores genocidios culturales que recuerde la Historia.

Resulta muy instructivo comparar el destino de marginalidad de la cultura catalana en Francia con el que ha corrido en España, sin duda muy accidentado (desde los Decretos de Nueva Planta hasta las autonomías), pero infinitamente más fecundo.

¿Dónde están los Verdaguer, Maragall, D’Ors, Carner, Espriu o Victor Català del Rosellón? La cultura catalana ha florecido sobre todo en el ámbito hispánico, por la sencilla razón de que la catalanidad es una expresión de la hispanidad.

El separatismo no tiene ningún interés, fuera de vacuos gestos retóricos, en reivindicar aquella Cataluña histórica. Pues la reivindicación de aquella Cataluña histórica le obligaría a reconocerse en la hispanidad, donde Cataluña pudo mantenerse íntegra y sus usos y leyes, su lengua y su cultura obtuvieron reconocimiento.

La independencia que anhela el separatismo se funda, a la postre, en una amputación de la auténtica nación catalana, que se fundió en España a través de la monarquía tradicional, católica y federativa. Y es que el separatismo se amamanta del concepto corrosivo de nación liberal, se adhiere al republicanismo que arrasó la Cataluña transpirenaica y se amolda al régimen administrativo liberal, hoy evolucionado en nefasto régimen autonómico.

El separatismo, en fin, debe entenderse en continuidad con la Paz de Westfalia que desfiguró la hispanidad, con los procesos revolucionarios que destruyeron el Mediodía francés, con el europeísmo que ha aniquilado el sentido de pertenencia a una patria común.

No se funda en el amor a Cataluña, sino (como Westfalia, como las revoluciones, como el europeísmo) en el odio a España; y por ello se olvida del aplastamiento de Cataluña perpetrado en Francia, mientras reclama en España la independencia de una Cataluña amputada. Todo por amputar también a la odiada España.

Juan Manuel de Prada ( ABC )

viñeta de Linda Galmor