Como resulta imposible discernir cuándo dice la verdad y  en qué momento miente yo, si fuese Pablo Iglesias,  no estaría muy seguro del apoyo que le declara Sánchez Castejón en sus declaraciones a la prensa o cuando profiere alguna idea sin sustancia en el Parlamento, porque el único que está en condiciones de poder interpretar el verdadero significado de sus impulsos sería su psiquiatra.

A bote pronto, cualquier experto en psicopatías lo definiría como un acomplejado con aires de grandeza que no soporta la excelencia de algunos personajes con los que no tiene más remedio que convivir políticamente, aunque sea de forma ocasional, y por eso mantiene en su gobierno a  varios ministros, y a alguna ministra, que rebajan tanto el nivel mínimo exigido en cualquier canon de dignidad y eficiencia, que hace que  él se encuentra  tan feliz como un choncho chapoteando en el barrizal que su s colegas provocan.

Si Sánchez Castejón no viviera de la política, en cualquier otra circunstancia  sería un funcionario experto en ponerle zancadillas a sus compañeros de trabajo, le debería dinero prestado a quienes hubieran confiado en él y estaría maquinando alguna artimaña para ascender en el escalafón de su empresa.

Pero  como está en este oficio le asiste  la ventaja de haber coincidido en el tiempo con la generación de políticos  más mediocres y cobardes que ha existido en varias generaciones en nuestro país, con honrosas excepciones.

Muchos de los  parlamentarios de la derecha, de la supuesta e indefinida  izquierda y de la izquierda liberticida,  carecen de liderazgo en una sociedad domesticada por las consignas y el enfrentamiento maniqueo que les hace creer que el oponente político representa indignamente a sus votantes y no merece el respeto del dialogo, sino el acoso antidemocrático.

Mientras tanto la sociedad civil dispone de mujeres y hombres preparados, honestos, trabajadores, creadores de empleo y defensores de los valores de la democracia que muchos de nuestros políticos desprecian porque no sabrían cómo hacer ese trabajo.

Algunos incluidos los dirigentes de los partidos , no encontrarían trabajo en un mercado libre y competitivo. Sánchez Castejón  sería un ejecutivo de ventas  de una empresa con un variable escaso por productividad, Casado estaría aburrido en alguna oficina haciendo informes, Iglesias daría algunas clases en la Facultad de políticas  pero no renunciaría a seguir cobrando dinero del narcotráfico venezolano o la dictadura iraní, Inés Arrimadas seguiría dudando si es más de derechas o de izquierdas sin llegar a ninguna conclusión,  y Abascal  permanecería defendiendo sus ideas en una minoría bastante alejada de los escaños que hoy tiene.

Todos esto sería un sueño si no fuera porque nos estamos jugando la libertad.

Diego Armario