LA CONDENA PENDIENTE

Este es un texto políticamente no correcto.

El 8 de febrero, tras el asesinato de Joxeba Pagazaurtundúa, podríamos haber maldecido y marchado para siempre, envueltos en el frío y la niebla. No nos fuimos entonces. El 10 de febrero, desde Andoain, nos dirigimos directamente a ciertos sectores de aquella Euskadi cruel del año 2003.

Malditos -dijimos- vosotros los asesinos. En segundo lugar, malditos los chivatos que aconsejaron la muerte, y con ellos los falsos patriotas que alimentaron la locura. Después iban los ciegos por permitir a los falsos patriotas y a los locos y a los asesinos un espacio repitiendo la existencia de un conflicto como si cupiera un lugar intermedio entre el verdugo y la víctima. Todo lo que escribo es literal, tal y como lo pronunciamos en aquella tarde oscura de invierno en Andoain.

Nos equivocamos al pensar que eran ciegas tantas personas influyentes fuera del entorno político de ETA que, admitían la palabra fetiche conflicto y la estrategia de equidistancia, que conllevaba el chantaje moral y político hacia los perseguidos por el terrorismo nacionalista vasco. Por si no lo recuerdan ya el conflicto era la palabra que cimentaba la justificación antidemocrática última de los asesinos y de todo su sistema de persecución política y de control social.

Nos equivocamos al calificar de ciegos a los que, de alguna manera, admitían el mantra del conflicto pensando que era efecto del miedo, de los prejuicios compartidos en la familia política nacionalista vasca, o de la propaganda y pereza ideológicas. Nuestra ingenuidad derivaba seguramente de que vivíamos en la trinchera de los perseguidos y resistentes.

Quince años más tarde no nos quedan dudas de que los gobernantes nacionalistas que hacían seguidismo del marco narrativo del conflicto entre Euskadi y España, y cosas parecidas, no estaban ciegos en absoluto. Seguían una estrategia de fondo, para poner tiempo después, en ese espacio intermedio, la palabra sufrimiento compartido, retirar a los muertos y establecer por ley el edén vasco. Es una indecencia de fondo, pero con la correlación política suficiente y todos los recursos públicos a favor, no hay alma buena en Euskadi y Navarra que no utilice la nueva palabra mágica.

Al hilo de la nueva palabra de moda, este año hemos detectado mucho interés en preguntarnos por los aspectos humanos de la familia, especialmente, sobre su viuda e hijos, como buscando esa descripción del sufrimiento, de la ausencia, y ya, en la medida de lo posible, algún mensaje hermoso, catártico, de superación personal. Justamente para endulzar comunitariamente la nueva mirada del presente sobre el sucio pasado.

Pues bien, debemos indicar, sin embargo, que no hay nada más político en Euskadi y Navarra que despolitizar a las víctimas del terrorismo nacionalista vasco de ETA.

La política debe realizarse mirando hacia el futuro. Sin duda es así. Pero también lo es que las sociedades deben enfrentarse a sus heridas para sanarlas de forma que les ayude a regenerarse. El caso vasco puede otorgar lecciones sobre las formas en las que se crean y expanden fenómenos tóxicos en las sociedades, fenómenos de dominio, de radicalización violenta, de distorsión cognitiva colectiva, de deslegitimación del Estado de derecho.

También de los procesos de respuesta democrática desde la propia comunidad: porque también podemos resaltar la no venganza de las víctimas de ETA, su esfuerzo por visibilizar su dignidad completa y el mérito de los ciudadanos e intelectuales que, contracorriente -pagando caro por ello-, dieron la cara en contra del terrorismo y en favor del Estado de derecho.

Existe un gran esfuerzo desde los poderes públicos vascos por privatizar el significado político de las víctimas del terrorismo nacionalista vasco de ETA. Eludir la mirada al pasado incómodo y la exigencia de responsabilidades sociales y políticas no ayuda. Creemos que los acosadores y asesinos, y su entorno político, deben reconocer que nos persiguieron para cambiar a toda la sociedad vasca y convertirla obligatoriamente en nacionalista vasca. Reconocer esta fundamental cuestión no supone una humillación, sino una oportunidad de regeneración para ellos.

En otro caso, si a Joxeba le quitamos sus palabras y su crítica -lúcida y desgarrada- al poder político vasco… Si borramos el ecosistema de acoso, persecución, miedo y proselitismo en cada rincón del País Vasco y Navarra… Si dejamos de llamar a los terroristas nacionalistas vascos por no molestar en los nuevos tiempos… Si nos hacemos los despistados con las décadas de propaganda intensiva de los políticos de los partidos de ETA como inductores de la captación de miles de niños para el terror… entonces Joxeba Pagazaurtundúa y su vida como ciudadano comprometido con la libertad de pensamiento político, con la ley, con la democracia constitucional española se desvanece y se convierte en una víctima vacía, irreal, fantasmagórica.

En este momento de la política pública vasca y navarra, podemos considerar políticamente no correcto algo tan simple como que los poderes públicos dejen de utilizar el sufrimiento -mayoritariamente el nuestro- como pretexto para que ETA y sus siglas políticas se escaqueen de asumir su responsabilidad social, histórica y política. Y gracias a esta operación eludir desde el nacionalismo gobernante la mirada sobre sus ambivalencias y dureza con los perseguidos.

Quince años después de los días terribles que siguieron al asesinato de Joxeba, exigimos algo simple: la condena pendiente de Otegi y los suyos del terrorismo de ETA, de toda su historia, sin cesiones, ni maquillajes. Y exigimos que los Estados español y francés ejecuten la disolución de ETA, sin permitirles circos mediáticos. Lo exigimos porque no merecemos sufrir la humillación brutal de ver el teatro consentido. Eso que se llama la doble victimación, que hemos sufrido no dos, sino cientos de veces y de días. Lo exigimos porque es la oportunidad histórica de cerrar bien esta página terrible de nuestra historia y para poder enterrar bien a los muertos. Es lo mínimo que la decencia exige.

Maite Pagazaurtundúa, europarlamentaria, en nombre de la familia Pagaza.

El Mundo