LA CONTINUIDAD DE ESPAÑA

Decían los veteranos cronistas parlamentarios que no hay verdad que valga un grito y se burlaban de la irritabilidad mesetaria de los patriotas y su romancero de café. Para la izquierda, el patriotismo era un ardid de bribones, una peste, fanatismo de derechas; de las banderas decían que las mejores son las que mejor arden. Pero el caso es que esto se tambalea y España está dividida entre dos tribus de sonacas o majaras: patriotas y traidores. Elija el partido que a usted le guste: un español o un español que no quiere serlo.

Si te inclinas por seguir en el país de tu carnet de identidad, se burlarán de ti esos ciudadanos para los que la patria es el mundo entero; los que piensan que los trabajadores, los náufragos de la historia y de las pateras, carecen de patria y de bandera, esos inventos de la burguesía para dividir a los obreros, incluso ahora cuando hay poca burguesía y pocos obreros. A mí, sin ir más lejos, un compañero de tertulia en Antena 3, Chema Crespo, al que admiro y quiero, me toma el pelo antes de empezar el programa diciéndome: «¿Vas a soltar eso de que España se rompe?».

Vacilan con lo del desafío independentista y tal vez acierten. Quizás no sería tan trágico el fin de España. Surgirían pequeños Estados, paraísos fiscales, destinos turísticos, con buenas relaciones entre sí. Sería el fin de una de las civilizaciones que han forjado la Historia universal, pero también despareció aquella Grecia de la democracia y el Egipto de los faraones. Como Kavafis, podemos preguntarnos: «¿Y qué será de nosotros sin bárbaros? Quizás ellos fueran una solución después de todo».

Lo que me extraña es que les extrañe la posibilidad de que esto pueda caer como cae el toldo de lona de un circo sobre los alegres espectadores. Que España pueda disolverse no es una noticia nueva. El intento de despedazar la nación lo anunció Ortega: «España está deshaciéndose poco a poco como un ejército que se retira envuelto en una triste polvareda». Aquel nacionalismo como resistencia a la modernidad, aquel aburrimiento de los caciques de provincia, se ha transformado en una feroz fuerza disolvente.

José María Aznar habla de la discontinuidad de España como nación y añade que está en peligro su continuidad histórica. Felipe González piensa al revés: la independencia de cualquier parte de España es imposible. Sin embargo, los políticos a pie de obra, los que están rodeados, los que notan que el Estado está desapareciendo en el procés, admiten que Cataluña puede llegar a la independencia.

Raúl del Pozo ( El Mundo )