La Monarquía parlamentaria no solo ha sido una institución unificadora, congregadora, que ha permitido el mayor periodo de concordia democrática de la historia de España.

Ejerce además su papel de moderación y arbitraje, y en momentos críticos ha intervenido con firmeza en defensa de la Constitución para evitar que el país se rompa o que la democracia se quiebre. Lo hizo de manera activa Juan Carlos I el 23-F, sofocando la intentona golpista de Tejero.

Y lo hizo el Rey Felipe VI en su discurso del 3 de octubre de 2017: aquellas palabras activaron la respuesta del Estado y del constitucionalismo político y civil para frenar el desafío secesionista cuando la legalidad había quedado desbordada por la vía de los hechos.

Nuestra Monarquía, pues, ha demostrado en distintas circunstancias su utilidad como símbolo de fortaleza democrática. Por eso cobra especial relevancia el reconocimiento que le va a brindar el Congreso ahora que se van a cumplir 40 años del 23-F.

Vivimos la hipócrita paradoja de que desde el Gobierno se socave la legitimidad de la Corona. Podemos y los socios separatistas de Sánchez encabezan una zafia campaña antimonárquica para ocultar el agotamiento de su proyecto.

Pero pese a sus esfuerzos de desestabilización, hoy Felipe VI cuenta con el favor mayoritario de los españoles y desempeña su tarea con ejemplaridad intachable.

El Mundo