LA CORRUPCIÓN DE DELGADO

En política, las palabras son también exabruptos. No es grato. Pero es ineluctable. La política vehicula pasiones, tanto -por lo menos- cuanto conceptos. Y la pasión acarrea lenguajes impropios, arrastrada por los cuales la política linda en la apuesta por excluir al otro. Y, en el límite, aniquilarlo.

Es eso lo que, ante todo, debe eludir un gobernante. Siempre que un mínimo rigor ético lo guíe, por supuesto; y también, una cautela elemental frente a las confrontaciones civiles, de las cuales una nación no puede aguardar más que destruirse. La injuria y el exabrupto, en boca del ciudadano privado, expresan la barbarie que habita el fondo del animal humano. Aprendemos a controlar ese fondo brutal que acecha siempre en nosotros.

Educación, cortesía, buenas maneras son bendiciones en el trato cotidiano: evitan que andemos liándonos a bofetadas en cada esquina; no es algo quizá trascendente, pero hace menos desagradable la vida. La injuria o el exabrupto, en boca de los ejecutivos del Estado, es una amenaza de dimensión muy distinta. Porque las «bofetadas» del Estado matan.

Las palabras institucionales en torno a Vox se están trocando en alarmantes. Un partido -el de Abascal u otro- puede resultar simpático o antipático a cada individual espectador. Así debe ser en el juego de conflictos que define los envites políticos. Y es ése un irrenunciable derecho ciudadano. Lo que no es admisible, lo que debiera alarmarnos, es que un ministro, desde el Gobierno de la nación, se permita mentir para demonizar a una fuerza política con la cual compite en las urnas.

No, no un ministro, rectifico; una ministra. No una ministra; la ministra de Justicia: ese territorio institucional, el más delicado, desde el cual se dirimen las garantías sin las cuales un ciudadano queda mutado en un siervo. Esta ministra de Justicia, cuya relación con la verdad viene mostrándose tan extraordinariamente endeble. Esta ministra que antes fue magistrada. Lo cual, en cuanto al peligro de su peculiar relación con la mentira, es todavía muchísimo más preocupante.

Ministra de Justicia, anteayer: «Todos los partidos que están en el arco parlamentario han aceptado la Constitución como forma de ser. Ha irrumpido un partido que en su ideario rechaza partes de la Constitución y esto es lo que tenemos que analizar».

La corrupción del lenguaje es la primera de las corrupciones: la que abre paso a las otras, camuflándolas. ¿Qué es «anticonstitucional»? No el desacuerdo con una Constitución, desde luego: en la medida en que toda Constitución incluye los procedimientos específicos a través de los cuales los desacuerdos con ella puedan desembocar en su legal reforma. Anticonstitucional es la explícita declaración programática de buscar trastrocarla sin pasar a través de esos procedimientos.

-¿Quién propone eso? Varios partidos con presencia en el «arco parlamentario» al cual alude la señora ministra: a) los que pretendieron anularla, hace un año, mediante un golpe de Estado en Cataluña; b) los que (secesionistas como populistas) han evitado prometer acatamiento, parapetándose en la imposición «por imperativo legal», adornada con diversas florituras delictivas. A todos ellos los excluye de su «anticonstitucionalismo» la señora ministra.

-¿Quién no propone eso? Ese partido, Vox, que jamás ha ocultado su voluntad de reformar la Constitución constitucionalmente.

La señora Delgado está en su potestad de mentir o difamar. Como ciudadana privada. Como ministra, hacer eso la envilece.

Gabriel Albiac ( ABC )