Durante el Estado de alarma, cuando estaba encantado con su papel de comandante en jefe y antes de descubrir que la «co-gobernanza» autonómica era el escudo perfecto para parapetarse contra el fracaso, Sánchez trató de impostar en sus cansinas charlas televisadas un perfil de liderazgo churchilliano.

Los amanuenses de sus discursos le copiaban manidas arengas bélicas del premier inglés ignorando lo que sabe cualquier escritor aficionado: que el primero que comparó a una mujer con una rosa era un poeta y el segundo un vulgar imitador, un mediocre gregario. En un aspecto, sin embargo, ha terminado nuestro presidente pareciéndose a su postizo modelo británico: en que sólo se fía, como explicaba con socarronería el viejo Winston, de las estadísticas que él mismo había manipulado.

Así, por algún extraño motivo que sólo puede deberse a la obsesión cabalística por el impacto psicológico o simbólico de las cifras, el Gobierno lleva meses encastillado en una contabilidad ficticia que mantiene el balance letal del coronavirus por debajo de las treinta mil víctimas.

Ha llegado la segunda ola, con su dramática secuela de varias decenas de fallecimientos cada día, y el inventario oficial de muertes por Covid y causas asociadas apenas registra una subida imperceptible, mínima. El Ministerio de Sanidad truca los números con artes de prestidigitación política y, ante las evidencias tercamente negativas de otros veinticuatro mil difuntos computados por organismos públicos de solvencia reconocida, se excusa en el confuso magma competencial e informativo de las autonomías.

El gabinete de propaganda monclovita ha decidido instalarse en la lógica del Humpty Dumpty de «Alicia en el país de las maravillas»: no hay otra realidad que la que proclaman sus consignas. A despecho de toda verificación objetiva, el Ejecutivo trata de imponer una verdad paralela que se parece demasiado a la doctrina negacionista.

Lo absurdo de esta obstinación es que resulta innecesaria porque a efectos electorales, los únicos que le preocupan, la pandemia no lo desgasta. En las encuestas sigue conservando ventaja pese a que la opinión ciudadana suspende con rotundidad su gestión de la crisis sanitaria.

Las razones predominantes de la decisión de voto continúan siendo ideológicas, sectarias, emocionales o hasta biográficas. Es la pura y simple costumbre de mentir, el apego al engaño como práctica rutinaria, lo que motiva este empeño en aferrarse a datos maquillados, a comparaciones autocomplacientes y a estimaciones falsas.

El arraigo de un concepto político basado en la desinformación, en la patraña, en el simulacro, en la construcción de ficciones publicitarias. La sensación de impunidad -y de poder- que proporciona la certeza pragmática de que en la España de los bloques bipolares se pueden borrar miles de muertos del mapa sin que suceda absolutamente nada.

Ignacio Camacho ( ABC )