LA CULPA FUE DEL CHACHACHÁ

El paripé de la ministra Montero con su bebé en horario laboral, la oda al cinismo del vicepresidente Iglesias diciéndole a los agricultores que protestaban contra el Gobierno que no dejasen de apretar, el homenaje al desahogo en el Congreso reclamando consenso político en el asunto hediondo de la prostitución de menores en Baleares y el argumento torticero de Dolores Delgado defendiendo que haber sido ministra de Justicia justo antes que fiscal general le da más fuerza y legitimidad a su nombramiento son minucias.

Baratijas cotidianas del gobierno de la patraña. Nos hemos acostumbrado al escándalo con una naturalidad angelical gracias al sanchismo, cuyo único principio es la falta de principios, y ya nos parece que reunirse con un independentista

 inhabilitado por la Justicia, entregarle la Abogacía del Estado a los golpistas o reformar el delito de sedición en el Código Penal para satisfacer a los prisioneros son pequeñas cositas del día a día. Naderías.

Pero este estado de indolencia al que nos han llevado Pedro y Pablo con sus indiscutibles dotes hipnóticas se ha convertido por arte de birlibirloque en un agrimensor estupendo de la magnitud del caso Ábalos. Aunque la vicepresidenta Calvo, arrogándose la voz del pueblo, ha dicho que Venezuela no le interesa a nadie, la verdad es que en los bares que yo frecuento no se habla de otra cosa.

Las ocho versiones de la reunión en Barajas, las cuarenta maletas de Alí Babá, el amigo fuertote que el ministro conoció en una puerta con bombilla roja, la conexión telefónica de la dictadura con el presidente y el tiempo que estuvo esa mujer en nuestro territorio quebrantando la ley están en boca de todo el mundo.

Y teniendo en cuenta que las madres de España tienen que dejar a sus hijos en guarderías privadas para ir al trabajo porque la red de centros públicos es insuficiente, que las niñas prostituidas en Baleares estaban custodiadas por el Govern de Podemos o que los agricultores que protestan son currantes a los que el Gobierno progre no echa cuenta, que la gente hable de Delcy y de Ábalos en el rato de la cerveza da la medida exacta del escándalo.

Si en la calle se piensa que el encuentro furtivo fue, como mínimo, muy extraño es que se trata de una obscenidad mayúscula que ha dañado la infalibilidad de la izquierda, tan dada a echar espumarajos por la boca cuando un político de derechas orina en una tapia y a pedir altura de miras cuando uno de los suyos actúa como proxeneta de inmigrantes de un centro de acogida.

El mejor ejemplo es el de la violencia machista. En el último año, 2019, se ha registrado la mayor cifra de asesinatos de mujeres por parte de sus parejas desde 2015. En ese periodo ha gobernado el PSOE, que es, por tanto, quien tiene la responsabilidad de ejecutar las políticas necesarias para acabar con esta lacra. Sin embargo, según la portavoz del Gobierno, María Jesús Montero, ¿quién tiene la culpa? Vox. Son fans de Gabinete Caligari.

La culpa siempre fue del chachachá. Por eso Pablo Iglesias, en un ejercicio acrobático pionero, ha conseguido soplar y sorber a la vez con los agricultores. «¡Seguid aprentando!» ¿A quién? «A nosotros, pero yo estoy con vosotros». Me quito el sombrero.

La culpa es nuestra, que hemos entrado en el laberinto del sanchismo y no tenemos alas para escapar del minotauro de la falacia. Este Gobierno ha conseguido inyectarnos la copla popular: «El aire es una mentira: / el que diga que no miente, / que diga que no respira».

Porque en todo este ambiente asfixiante sólo sobrevive una verdad: la creación de empleo se desplomará a casi la mitad en dos años. Así que como no habrá para cerveza, tampoco se hablará en los bares de Venezuela. Fin del problema.

Alberto García Reyes ( ABC )