“Amigo, tu historia con esa mujer empezará cayendo en sus brazos y terminará con los tuyos en el fregadero” Frase de una película de cine negro norteamericano.

¿Han reparado en que desde hace tiempo los anuncios sobre productos de limpieza de hogar y baño, detergentes para lavadora y lavavajilla los hacen hombres? Es el nuevo macho de la especie.

El macho de la especie no está de moda, el macho está desprestigiado, no vende. Su desprestigio se debe a las tendencias sociales imperantes, pero también a su sumisión, su desidia y su comodidad. No está bien visto en las sociedades occidentales, sobre todo en Europa; no digamos el macho dominante; este ha pasado a ser una reliquia, una pieza de museo.

El macho ha cedido el paso al hombre abstemio, suave, fino, muy perfumado, sumiso, de melosas palabras y, por supuesto, depilado. Aquel macho rudo, insumiso, dominante y peludo ha quedado para los zoológicos y los libros de Historia Natural.

Lo que llama la atención es que muchas de las características inherentes al macho de la especie, han pasado a la hembra que ha devenido en libre, fuerte, autoritaria, dueña de sí misma y oliendo a tabaco y a alcohol de tal forma que cuando hoy besas a una mujer, parece que estas besando a Rafa, tu compañero de trabajo.

Ante una buena cerveza acompañada de anchoas, reflexiono: ¿Qué sucedería si, en un paso más hacia el arrumbamiento del macho en el desván, la mujer pudiera concebir y ser madre sin su aportación? No, no crean que es una ensoñación.

La mujer, la hembra de la especie humana, tiene cada día más poder, ocupa más cargos de responsabilidad, supera al macho en matriculaciones universitarias, jurídicamente está más protegida y, además, la ciencia está de su parte como así lo demuestran la medicina y la biología que permiten concebir a la mujer sin conocer varón mediante inseminación artificial.

Me dirán que sí, pero que de todas formas necesita el semen del macho, la semilla primigenia. De acuerdo…hasta la llegada de la clonación, clonación que ya ha sido posible en mamíferos superiores. A esto hemos de añadir que, como el semen del macho occidental, perfumado y sumiso siga deteriorándose como lo está siendo en calidad y cantidad, vamos a tener que importar semen de machos en estado todavía primigenio, es decir, sin domar.

En la Amazonia vive una hormiga de la especie Mycoceúrus Smithii cuya reina tiene la facultad de reproducirse a sí misma por clonación controlando de esa forma el número idóneo de individuos del hormiguero, individuos que, por decisión de esa reina, en su mayoría son hembras.

¿Alguien es capaz de penetrar en la mente femenina? ¿Alguien se atreve a pronosticar que harían las mujeres teniendo el poder de decidir sobre el sexo y el número de individuos de la sociedad a la que pertenezcan? Dicen las leyendas antiguas que en el principio los dioses dieron el poder a las mujeres y que, debido a sus desvaríos, se lo retiraron entregándoselo a los hombres.

Desde ese momento y según esas leyendas, la mujer no ha parado en su intento de recobrar el poder perdido. Puede que, tras milenios, la mujer ha empezado a recobrarlo y para ello se vale de una estratagema: Hacer decaer al macho de la especie hasta conseguir encerrarlo en el desván de la casa y demostrarle que ellas lo pueden todo sin su concurso…incluso engendrar hijos.

Yo estoy en la tesis de que ellas siempre han actuado así, pero carecían de la colaboración del macho, cosa que ahora tienen debido a que este ha sido domado por las corrientes sociales, por los medios de comunicación y porque el macho actual ha devenido en sumiso, cómodo y tolerante hasta el agotamiento.

Y nos encontramos con la paradoja de que es el mismo macho el que apoya a la mujer en su escalada hacia el poder primigenio que ella tuvo en el origen de los tiempos.

Voy a saborear la última anchoa y el último trago de cerveza agradeciendo a Dios que – por la edad – uno ya no va a ver como la hembra se hace con el poder y el macho se lame las heridas de su sumisión y su cobardía encerrado en el desván de la casa mientras ella celebra una fiesta en el salón.

Manuel del Rosal ( El Correo de España )