LA DECISIÓN

Abascal ha dicho que se plantea no votar la investidura de Juanma Moreno en Andalucía por el desprecio de Albert Rivera y también -aunque en menor medida- de Pablo Casado, y de momento tiene tiempo para decidir si lo dice en serio o va de farol.

Pero corre prisa que PP y Ciudadanos -sobre todo Ciudadanos- decidan si Vox es un partido de extrema derecha, fascista e incluso hitleriano (también esto se le ha llamado), frente al que sólo cabe establecer un cordón sanitario; o bien un partido más, nacido de la inevitable fragmentación parlamentaria, con el que hay que contar para hacer frente al devastador populismo de la izquierda.

Jordi Pujol en 2000 asumió de un modo vergonzante su pacto con Aznar, y en lugar de defenderlo con honor se defendió de él como un socialdemócrata que tiembla. Esquerra, entonces liderada por Carod-Rovira, olió el miedo, agitó la propaganda y por primera vez en 2004 las izquierdas tomaron la Generalitat de Cataluña.

El PP y Ciudadanos tienen que decidir qué piensan sobre Vox y ser consecuentes con la conclusión a la que lleguen. El «sí pero no» de enseñar sólo la patita no les va a funcionar, y si insisten en ello, por un lado Vox crecerá en su simplismo entre los cobardes titubeos de los dos grandes, como ha hecho hasta ahora, y con notable éxito, y por el otro Pedro Sánchez se encontrará hecha la propaganda contra «la derecha», como Carod-Rovira se la encontró durante 2002 y 2003 para justificar a partir de 2004 sus dos tripartitos.

Convergència perdió primero su hegemonía y luego su propia existencia queriéndose parecer a Esquerra e incluso a la CUP, y el catalanismo político vaga sin rumbo cierto, sin un partido alfa que lo vertebre. Pablo Casado, como la CiU que se rompió y pasó de 62 a 32 diputados, está cada vez más lejos del centro y más perdido en confines donde, al lado de Rivera o de Abascal, no tiene ninguna credibilidad: lo mismo que con Junqueras le pasó a Mas.

También Vox tendría que recordar que en dos años, la CUP pasó de 10 a 4 diputados tras «tirar a Mas a la papelera de la Historia», como ellos mismos sentenciaron.

Populares y Ciudadanos saben que Vox es el espejo de sus errores y del espacio que han dejado vacío, y pueden asumirlo hasta absorberlo, como hizo Aznar uniendo a toda la derecha; o ponerse estupendos y explicar a sus votantes que hay que repetir las elecciones porque con los fascistas no se pacta, y eso sí, encomendarse al Señor para que Vox no triplique sus resultados. O una cosa o la otra, porque el rubor tontorrón de señorita del siglo XIX, que un poco se deja y otro poco se queja, les va a desangrar.

Abascal tiene que negociar aparentando que no va a ceder, pero tarde o temprano tendrá que decidir si juega a joven idealista montado en su caballo, y lo fía todo a su emocionalidad cabalgante, o entiende que cuando te dan doce diputados para hacer posible -finalmente- un cambio de hegemonía en Andalucía, es un fraude que, por asuntos partidistas y hasta personales, rompas la baraja y no lo consagres.

Salvador Sostres ( ABC )