La derrota de Rivera

En una semana, Albert Rivera ha visto esfumarse entre sus manos una victoria electoral que todas las encuestas daban por segura mientras que sus principales rivales políticos (Rajoy, Sánchez e Iglesias) le batían en todos los frentes.

Rivera le ha regalado La Moncloa a Sánchez a cambio de nada. Declaró la legislatura finiquitada, provocando la desbandada de todos los grupos hacia el PSOE, incluyendo el PNV. ¿Y a qué precio? Ni logró del PSOE una fecha concreta para el adelanto electoral ni un presidente de consenso o un gabinete de concentración.
Tan desastrosa ha sido su gestión que después de provocar la caída de Rajoy y meter a Sánchez en La Moncloa en volandas, con 84 diputados y sin pasar por las urnas, ha dejado todo el capital ético de la moción de censura – que más bien se ha parecido a un impeachment o juicio político presidencial – en manos de la oposición. ¿Cómo se explica que el partido que deja caer el gobierno a causa de una corrupción que dice intolerable acabe votando para sostenerlo en la votación de censura desencadenada por él?

Sumarse al «Sí» a Sánchez no tenía sentido para no alienar a sus futuros votantes, en especial a los del Partido Popular, pero la abstención sí que le hubiera permitido escenificar esa ruptura y convertirse en líder de la oposición. Pero al votar con Rajoy después de todas las humillaciones sufridas en la legislatura añadió una doble humillación: sostener en el Gobierno al partido que quiso derribar y no obtener nada de la oposición a la que regaló el Gobierno.

Amparándose en motivaciones éticas y expectativas políticas, Rivera precipitó el más sorpresivo e inesperado cambio de gobierno de la democracia. Pero no satisfizo ni unas ni otras y se marchó con las manos vacías regalando a Sánchez el gobierno y todo el capital ético, épico y político de la salida de Rajoy. Un doloroso gol en propia puerta. El nuevo inquilino de la Moncloa podrá decir: “¡Gracias, Albert!”

José Ignacio Torreblanca ( El País )

viñeta de Linda Galmor