LA DESMEMORIA HISTÓRICA

Son mujeres, españolas y dieron la vida por mantenerse leales a unas creencias perfectamente honorables. Pero el seudofeminismo de Sánchez, Carmen Calvo, Irene Montero y Manuela Carmena jamás tendrá un elogio para ellas, o siquiera un recuerdo. Aquellas mujeres valientes -empoderadas, que dirían los horteras de ahora- fueron asesinadas por un pelotón de hombres fanáticos, pero han sido ubicadas por el «progresismo» en el lado incorrecto de la historia.

Así que son pasto de la Desmemoria Histórica, reverso del indigestible proyecto de ingeniería social llamado Memoria Histórica, que impone por decreto un único modo de relatar e interpretar lo ocurrido en España durante la primera mitad del siglo XX.

El sábado beatificaron en La Almudena de Madrid a 14 monjas concepcionistas franciscanas, mártires de la Iglesia católica. Fueron asesinadas en 1936 en la oleada final de la persecución religiosa lanzada por socialistas, comunistas y anarquistas. El Papa pidió ayer en El Vaticano un homenaje para ellas. En España, denso silencio, salvo en medios próximos al catolicismo.

Diez de las religiosas procedían del convento madrileño de San José, dos de El Pardo y otro par de Escalona, en Toledo. Desde la proclamación de la República vivían bajo un temor constante a ataques violentos. En mayo de 1931 se vieron forzadas a abandonar por primera vez su convento de Madrid y durante 26 días permanecieron escondidas en un piso y ataviadas con ropas seglares. En febrero de 1936 hubieron de ocultarse de nuevo, esta vez 36 días. En los meses de total deterioro del orden público que siguieron al triunfo del Frente Popular se refugiaron en un entresuelo de la calle Silvela. Esta vez para no volver.

Una portera las delató y los milicianos se las llevaron en noviembre del 36 y las asesinaron, se cree que en un descampado de Ventas o de Paracuellos. Los cadáveres nunca han aparecido. Sin embargo se conocen detalles de sus últimas horas, como que Isabel Labaca, la monja líder del grupo, les hizo la siguiente advertencia mientras permanecían hacinadas en su escondite de Silvela: «Sed fuertes, porque es preciso que demos la vida por Dios». Todas aceptaron tan tremendo destino, que al final incluyó culatazos, golpes, insultos, vejaciones y el fusilamiento.

Un mal -la brutal represión franquista- no puede servir para ocultar otro mal, la salvaje persecución de religiosos en la España republicana (amén de la de católicos seglares, personas pudientes y adversarios ideológicos). Abruma la burramia de tantos chavales que disfrutando de la extraordinaria democracia actual, un paraíso de derechos y libertades, enarbolan para todo tipo de causas la bandera de la Segunda República, que tan solo simboliza un completo fracaso.

Veremos el día en que la historia de España se volverá a contar completa, sin presiones ideológicas gubernamentales. El rodillo de nuestras leyes de memoria histórica es un abuso antiliberal tan asombroso que no superará el cedazo del tiempo.