LA DIALÉCTICA APROPIADA

En esto del argumentario político yo soy muy de Cela, que combatió la retórica torticera evitando rodeos: «Un carallo a tiempo es una victoria dialéctica». Por eso no pude evitar imaginarme al gallego tintineando el hielo de su güisqui contra el cristal como una esquila de arriero mientras escuchaba al ministro Ábalos desangrarse por la boca para arreglar la verborrea independentista de los socialistas catalanes.

«El compañero Iceta, que es muy dado a hacer reflexiones, cuando se inserta esto en un contexto como el actual, de confrontación electoral, resulta inapropiado». El circunloquio es tan rupestre que acaba siendo un homenaje a la desnudez intelectual.

Taparrabo y porra. La traducción simultánea podría ser esta: «Todo lo que ha dicho Iceta es verdad, pero ahora no nos conviene que se diga. Ya, si acaso, lo decimos después de las elecciones». Así que imagino la reacción sosegada de Cela a la perífrasis dialéctica de parvulario yendo al fondo del asunto. Un carallo a tiempo, si puede ser concretamente a la hora de las urnas, es una victoria.

Esto de que nos tomen por tontos empieza a ser muy cansino. La política de temporada alta intenta cobrarnos unos precios desorbitados por sus eslóganes de mercadillo y, lo que es peor, está cayendo en el vicio del mesón de carretera, donde el camarero siempre intenta vendernos el pescado que a él le interesa, que suele ser el que lleva una semana en el frigo, y no el que interesa a los clientes.

Ahora no hay ideologías, sino estrategias. No hay estadistas, sino gurús. No hay discursos, sino anuncios publicitarios. Nadie dice lo que quiere, sino lo que debe. Y ese clima de hipocresía tacticista lo ha convertido todo en una gigantesca mentira sin salida. El PSOE, que hasta hace unas semanas quería poner un relator en Cataluña, ha apagado la luz del independentismo en campaña porque sus cuentas electorales están antes que España. La verdad es un objeto de compraventa. Una moneda que sólo ha de usarse cuando convenga.

Yo me pregunto si este engaño tan burdo no es más denigrante, por ejemplo, que la dialéctica de cachiporra de las «animalistas feministas», que tanto nos suele escandalizar. Recuerdo, así al golpe, aquellas declaraciones de una revolucionaria de Navarra exigiendo «proteger a las hembras animales que son maltratadas y violadas en mataderos y en granjas lácteas» porque las gallinas son «víctimas del humano y del gallo».

Ante este tipo de soflamas cabe cuestionarse hasta qué niveles de sansirolé puede descender el género humano en su infinita inocencia. Pero cuando Ábalos dice que en estos momentos decir la verdad «es inapropiado», lo que se pone en solfa no es la estulticia del emisor, sino la del receptor. Y ahí ya estamos entrando en un terreno mucho más peligroso y preocupante.

Por eso tiene tanta razón Cela, que ante la animalista habría cantado como un tenor un concluyente «kikirikí». Pero ante la treta dialéctica del independentismo con silenciador habría recurrido al más apropiado giro lingüístico de España para estas cosas: el carallo.

Alberto García Reyes ( La Razón )