Hoy en España tenemos una Dictadura. Disfrazada con los oropeles de las finas instituciones democráticas, pero una dictadura: es decir, un régimen déspota de poderes excepcionales concentrados en un jefe de gobierno. El Decreto de Estado de alarma aprobado en Octubre de 2020 convierte por seis meses a Pedro Sánchez en un dictador.

Es un Estado de alarma fraudulento, abusivo y tiránico, que rebasa las disposiciones de la Constitución española y de la ley orgánica 4/1981 reguladora de los estados de alarma, excepción y sitio. Pero semejante aberración gobierna nuestra vida, y erige a los reyezuelos de las Taifas autonómicas en señoritos feudales con poder de jurisdicción suficiente para convertir a antaño ciudadanos libres en vasallos de la masa amorfa, enmascarada, con toque de queda, sin bares, sin libertad y sin esperanza.

La fiereza inhumana de la Dictadura de Pedro Sánchez contrasta con la benignidad, progreso y desarrollo de los años de otra Dictadura: la del General Miguel Primo de Rivera, que con su puño de hierro y su espíritu espartano derribó a los anarquistas barceloneses, pacificó Marruecos regando de gloria a nuestras Legiones y consolidó la unidad de España salvando la monarquía de Alfonso XIII.

Un Alfonso XIII cuya ingratitud y traición al General, llevarían a éste a su desencanto, tristeza y muerte en 1930. Los siete años de gobierno de Primo de Rivera (1923-30) sirvieron para alzar grandes monopolios como la Telefonía, el Tabaco o el Petróleo; para llenar España de carreteras y obras hidráulicas de modernización y empleo; y para proteger a los obreros españoles dotándolos, por ejemplo, de la jornada de 8 horas o de la protección por accidente y enfermedad.

Además, España esquivó la campaña internacional de saqueo y expolio que los grandes bancos internacionales implantaban contra las finanzas de las Naciones occidentales, y protegió su soberanía económica y energética, mientras se alzaban más de 5000 escuelas y se alfabetizaba al 70 por cien de la población.

Ciertamente, la Dictadura de Miguel Primo de Rivera fue positiva, admirable y patriota, aunque los viejos políticos elitistas de la Restauración y un Alfonso XIII cobarde y traidor derrocaran al Dictador de forma artera y golpista.

El régimen del General Franco, al que se ha calificado por la historiografía oficial como “Dictadura”, no fue tal cosa. Los 36 años de gobierno del General Franco como jefe del Estado convirtieron al proletariado español en clase media dotada de vivienda y Seguridad Social, desarrollaron industrialmente a España y consolidaron, tras dos siglos de inestabilidad nacional, una paz interna armónica admirable.

Con el abrumador asenso de su pueblo, el General Franco aprobó, una por una, las diversas Leyes Fundamentales refrendadas por el pueblo español y donde se contenía la forma del Estado (Ley de Sucesión de 1947); la arquitectura constitucional y evolutiva del mismo (Ley Orgánica de 1967); o los principios inspiradores del régimen (Ley del Principios del Movimiento Nacional de 1958). Los españoles refrendaban las leyes que contenían sus derechos, libertades y la forma política del Estado.

Para poder votar popularmente las Leyes Fundamentales del Estado, los españoles gozaban de la institución legal del “referéndum”, creada por la Ley de Referéndum Nacional de 1945. Se trataba de los mecanismos de una verdadera democracia orgánica y representativa, que contaban con las Cartas fundamentales de derechos irrevocables que eran dos: el Fuero de los españoles de 1945 (catalogación de los derechos ciudadanos y sociales, así como de obligaciones) y el Fuero del Trabajo de 1938 (catálogo de garantías y derechos para los trabajadores de España).

Por otro lado, de las instituciones sociales como las Universidades, las empresas o los Ayuntamientos, surgía la elección de los Procuradores a las Cortes legislativas: órgano que tramitaba las iniciativas legales emanadas del Gobierno o Consejo de Ministros, que actuaba en base a los principios de coordinación y cooperación con el Jefe del Estado, que era Francisco Franco.

El funcionamiento del franquismo no fue dictatorial, y de hecho las garantías y derechos al trabajo, la circulación, la movilidad o la libre elección de residencia, estuvieron vigentes hasta 1975. Jamás fue alterado el marco legal de los derechos ciudadanos para imponer toques de queda, estados excepcionales o supresión de las libertades catalogadas en las Leyes Fundamentales y en el Fuero de los españoles.

Nunca, durante la jefatura de Franco, fueron secuestrados en sus casas o en sus regiones los españoles, ni sufrieron una España dividida por los muros de los “cierres perimetrales”, ni se les obligó a no trabajar o a renunciar a su ocio, sus bares, su familia y sus Tradiciones. El régimen autoritario de Franco fue de libertades materiales reales e indiscutibles jalonadas con el pleno empleo, el orden público total y la menor presión fiscal de nuestra Historia.

Atrás habían quedado los “estados de alarma” y de guerra con que la II República inundó sus cinco años de régimen (1931-1936) en los cuales, los derechos ciudadanos reconocidos por la sectaria y masónica Constitución de 1931 habían sido sistemáticamente suspendidos y atropellados.

La II República fue una falsa democracia que llevó al poder ejecutivo a convertirse en déspota a través de leyes excepcionales como la de “Defensa de la República” que hizo de Manuel Azaña un “Robespierre” dispuesto a guillotinar a media España sin control legislativo ni constitucional. A partir de 1932, hubo periódicos cerrados, periodistas purgados y líderes políticos perseguidos y encarcelados.

Un Alzamiento nacional perpetrado por media España tuvo que poner fin, en julio de 1936, a la tiranía de una falsa democracia.

80 años después del fracaso de la II República fueron resucitadas, de nuevo, las “leyes excepcionales” destructoras de los contrapesos legales y constitucionales, y los social comunistas nos devolvieron en 2020 y Covid mediante, a la dictadura: pero no a la benévola de Miguel Primo de Rivera o a la mal llamada Dictadura de Franco sino a la de los sátrapas, los ladrones de guante blanco, los liberticidas y los hispanófobos: la de un nuevo Frente popular.

Sólo que hace 80 años las formas violentas izquierdistas eran las agrestes de una revolución bolchevique en ciernes, y ahora son las de unos psicópatas desenfrenados que desean mantenerse en el poder a toda costa imponiendo el nuevo comunismo: la dictadura globalista de transformación social y Reseteo económico.

José Miguel Pérez ( El Correo de España )