LA DIMISIÓN DE DOMÉNECH: ADA COLAU,1; PABLO IGLESIAS,0

Los observadores menores de la política catalana analizan los movimientos de Ada Colau en función de un objetivo político que nunca ha sido el suyo: la presidencia de la Generalitat. La alcaldesa quiere esquivar Cataluña para mandar en España, y su guerra no ha sido nunca contra el derrotado Xavier Domènech sino contra Pablo Iglesias, que acaba de perder uno de sus diques de contención contra la única persona que realmente podría arrebatarle el liderazgo de Podemos. Íñigo Errejón puede ser un fichaje interesante para el PSOE, pero todo el mundo sabe que, como cabecilla de Podemos, nunca tuvo opciones reales.

Ada Colau y su marido han aprovechado los meses más angustiosos de Pablo Iglesias y su familia, ya felizmente a salvo -miles de plegarias atendidas-, para arrinconar a su lugarteniente en Cataluña, Xavier Domènech. Iglesias pierde a su candidato -que ganó las dos últimas elecciones generales en Cataluña, aunque pinchó en las autonómicas del pasado 21 de diciembre, convocadas en virtud de la aplicación del artículo 155- y el contrapeso con que mantenía confinada a Colau en Barcelona.

La alcaldesa gana, con la dimisión de Domènech, espacio vital y tiempo para pensar cómo su núcleo duro, capitaneado por su esposo, Adrià Alemany, extiende sus tentáculos más allá del gobierno municipal y del alcance autonómico de su partido, Barcelona en Comú.

En cambio, para el conjunto de España, Ada Colau tiene un discurso emocional y femenino, que funciona en su simpleza mucho más que las complicaciones ideológicas y hasta a veces filosóficas hacia los que el profesor Iglesias ha tendido. Ada Colau es la populista más pura de España, sin ninguna idea concreta, sin pertenecer a ninguna familia ideológica que entronque con los grandes idealismos del siglo XIX o del XX. Sólo ella, su empatía, su lista de la compra y su esposo. Como el matrimonio Ceausescu pero con los papeles intercambiados entre marido y mujer.

Ada Colau puede perfectamente presentarse en todos los pueblos y regiones de España como una Evita de ir por casa, sin que le llamen comunista, porque no lo es, sin que le reprochen Venezuela, porque no sabe ni dónde está y sin que le hagan la cusqui con Irán porque nunca ha recibido un céntimo de ellos. De lo único que podrían acusarla es de independentista: y ella lo tiene perfectamente en cuenta a la hora de calcular los límites de su equidistancia con el “procés”. Colau no necesita arriesgar ni quedar mal con posibles votantes por algo que ni le va ni le viene: lo mismo la independencia de Cataluña como la unidad de España, por cierto.

Le bastan, para imponerse, sus planteamiemtos simples, automáticos y directos que por supuesto tienen contestación pero que no puede sintetizarse en lemas tan eficaces como «No a la guerra», «Welcome Refugees» o aquel «Nunca máis» con que en 2003 se culpó prodigiosamente al PP del chapapote vertido por el Prestige.

Derrotado Domènech, es decir Iglesias, Colau tiene que crear su propia estructura de poder en la franquicia Podem de Pablo Iglesias en Cataluña, buscar candidato para el Parlament y otro para el Congreso, y trabajar para su reelección como alcaldesa, que a pesar de una oposición inexistente, no tiene asegurada. E ir así ganando músculo hasta que considere llegado el momento de desafiar definitivamente a Iglesias, arrebatarle el liderazgo de Podemos, e intentar la conquista del Gobierno de España. Todo va tan rápido que nadie en el núcleo duro de Colau se atreve totalmente a descartar que este desafío llegue antes de las próximas elecciones generales.

Salvador Sostres ( ABC )

viñeta de Linda Galmor