La disciplina mortífera

Siempre he desconfiado del uso peyorativo de la palabra «chaquetero«. En muchos casos se aplica correctamente para descalificar al político o al intelectual que cambia de bando movido por intereses económicos o de ascenso en la escala social. Sin embargo, existen circunstancias en las que ese cambio de bando es consecuencia de un imperativo moral, y en esos casos lo correcto es hacer oídos sordos a las apelaciones autoritarias a la disciplina. Es ejemplar la conducta de las figuras públicas que abjuraron de la ideología nazi o comunista, en tanto que la de aquellos que se mantuvieron fieles a esas aberraciones está inscripta en la historia de la infamia.

Fruto del asco

Esta reflexión es fruto del asco que me causó la disciplina compulsiva con que todos los diputados del bloque supremacista obedecieron la orden que dictó, desde su búnker berlinés, el embrión de Führer, y postrándose, convirtieron a un fascista impenitente en usurpador transitorio de la Generalitat. Son públicas y notorias las guerras intestinas que libran solapadamente los capitostes de ERC y PDECat disputándose mendrugos de poder, pero ninguno de ellos, ni de sus secuaces, tuvo el valor de apartarse de la tropa, aunque solo fuera por interés, con el fin de preservar una cuota de decencia para campañas futuras. La sumisión de estos genuflexos está emparentada con la obediencia debida que alegaron muchos verdugos para justificar sus crímenes de lesa humanidad.

Los tenebrosos antecedentes del candidato no dejaban margen para equívocos. Rescato, aquí, la catarsis de un formador de opinión al que a menudo he criticado por su empatía con el nacionalismo. Se desahogó Antoni Puigverd («¡Qué gran error!», LV, 16/5):

Torra no puede pedir perdón ni arrepentirse de unas ideas que conforman la espina dorsal de su visión. Por si fuera poco, en el artículo en que habla de «bestias» se inspira, literalmente, en el mecanismo que, según Primo Levi, permitió a los nazis actuar como lo hicieron, bestializando a los judíos. (…) Ahora bien, aquel artículo es tan obsceno que le impide presidir dignamente la Generalitat, aunque sea de manera vicaria o, como él dice, «custodia». (…) Un tiro en el propio pie. En Madrid no se han creído el regalo hasta que lo han leído en la prensa europea: la revolución de las sonrisas escondía un huevo de serpiente.

(He aquí la prueba de la empanada mental que padecen todos los nacionalistas, aunque se disfracen de equidistantes. Cinco días después, el mismo Puigverd se traga el huevo de la serpiente y afirma sonriendo, en su artículo «¿Supremacistas?», que Torra «no es racista ni supremacista. Es un esencialista romántico«. ¿Esencialista romántico? ¿Cómo sus compadres sentimentales del Ku Kjux Klan?)

Mientras tanto, Ada Colau, cuya lengua viperina calificó de «facha» al almirante Pascual Cervera, héroe de la guerra de Cuba contra Estados Unidos, que falleció en 1909, solo atinó a definir a este fascista contumaz sin apócope como representante de «el nacionalismo más conservador y minoritario«, con el que tiene prisa por negociar sin interferencias del 155 (Suplemento «Vivir», LV, 20/5).

Los trágicos años treinta

Desde su puesto de mando en el somatén mediático, el experto en intrigas palaciegas Enric Juliana encuadra a Torra en «Un nacionalismo derechista» (LV, 15/5), aunque en el artículo lo asocia con la venenosa diatriba antiandaluza de Jordi Pujol (1958), «un texto que releído estos días vuelve a poner los pelos de punta». Juliana subraya a continuación que los escritos de Torra lo muestran como «un hombre intelectualmente sumergido en los años treinta».También el predicador Francesc-Marc Álvaro titula su artículo hagiográfico dedicado al invasor republikano: «Un activista cultural de los años treinta» (LV, 11/5).

¿Qué tenían de especial los trágicos años treinta para concitar la admiración del activista Torra? Pues nada menos que el apogeo del pistolerismo fascista. Señala Santiago Tarín («El peso de la historia», LV, 21/5) que a Quim Torra

ya se le conoce por sus artículos, en varios de los cuales exalta la figura de los hermanos Badía, una reivindicación cuando menos problemática. ¿Quiénes fueron Miquel y Josep Badía? Según escribió Torra, «uno de los mejores ejemplos del independentismo».

Mártires fascistas

Tarín sintetiza en su artículo la macabra trayectoria de estos personajes patibularios, y sobre todo de Miquel, apodado «Capità Collons» (Capitán Cojones) por la saña con que perseguía, torturaba y asesinaba a los anarquistas de la CNT-FAI. Pero prefiero recurrir a la obra clásica de Gabriel Jackson, La República española y la guerra civil – 1936-1939 (Crítica, 1976), para situarme en el contexto de aquellos trágicos años treinta que Torra toma como modelo de su repúblika. Relata Jackson que Miquel Badía, fundador de Joventuts d´Esquerra Republicana – Estat Català y de su fuerza de choque, los escamots, fue la figura estelar del pistolerismo rompehuelgas de los años 1930. Estuvo al frente de la Comisaría de Orden Público de la Generalitat, y fue la mano derecha del consejero de Gobernación Josep Dencàs, cuando el presidente Lluís Companys montó el conato de insurrección del 6 de octubre de 1934. Explica Jackson:

A pesar del Estatuto y de la gran popularidad de Companys, Cataluña fue sacudida por una oleada de nacionalismo incontrolado. En la universidad, los profesores castellanos veían cómo sus discípulos y sus colegas catalanes se mostraban deliberadamente hostiles al uso continuado del castellano en las aulas. Aparecieron octavillas exhortando a los catalanes a no contaminar su sangre casándose con castellanas. Más grave que tales síntomas era el crecimiento de un movimiento casi fascista dentro de las filas juveniles de la Esquerra. Llevando camisas verdes, llamándose a sí mismos escamots (pelotones), y denominando a su movimiento Estat Català, hacían la instrucción en formación militar, con fusiles anticuados o inservibles, reconociendo como jefe a Josep Dencàs, consejero de Gobernación de la Generalitat.

El final de aquella patochada lo conocemos todos: Companys preso, y Dencàs y Badía chapoteando mierda en las alcantarillas para ir a buscar refugio en la Italia de Mussolini. Ambos regresaron a Barcelona tras el triunfo del Frente Popular, pero el 28 de abril de 1936, tres pistoleros asesinaron a Miquel y Josep Badía en la puerta de su casa. Los anarquistas se cobraron viejas deudas y Quim Torra cosechó dos mártires fascistas para idealizarlos en su panteón de «mejores ejemplos del independentismo». Oriol Junqueras pidió que se honraran sus nombres en el callejero de Barcelona.

¿Hasta cuándo?

Lo que ha colocado a la sociedad catalana a los pies de esta pandilla de impresentables es la disciplina mortífera con que los diputados del bloque supremacista votan a cualquier pastelero loco o cavernícola montaraz ungido por el cacique de la tribu. Según la leyenda bíblica, Sodoma y Gomorra se habrían salvado de la destrucción si en ellas hubiera habido diez hombres justos. Bastaría que a ese bloque le reste su voto un hombre justo para que la sociedad catalana se salve de la invasión republikana, de la fractura cainita y del descalabro económico que ya suma la fuga de 4.550 empresas. ¿No hay en ese bloque un hombre justo preocupado por el bienestar colectivo de sus compatriotas o, si solo lo mueve el egoísmo, por el bienestar futuro de sus hijos?

Si la respuesta es negativa, resulta obligatorio formular otra pregunta: ¿hasta cuándo soportarán, los dos millones de catalanes que votan a estos sinvergüenzas, las humillaciones y los despojos que sufren bajo el yugo de los invasores republikanos, vástagos anacrónicos del fascismo? Y entre esos dos millones de ciudadanos maltratados, ¿cuántos hombres y mujeres justoshabrá, resueltos a cambiar de bando sin complejos y a votar en las próximas elecciones a favor de la regeneración de Cataluña dentro del reino de España? El tiempo apremia.

Eduardo Golgorsky ( Libertad Digital )