Existe desconcierto en la Comunidad educativa por la devaluación en las exigencias académicas para los alumnos de la Educación General Básica, así como por la inclusión en el nuevo currículo de materias como la ideología de género, la educación para la ciudadanía, el eco feminismo o la ética de los cuidados y derechos LGTBIQ+, en un plan que contempla por otra parte la supresión de la filosofía y el desprecio por la historia.

Sin embargo creo que no existen motivos para el escándalo porque por más ceporros que sean los políticos y se empeñen en devaluar los nuevos planes de estudios para los jóvenes estudiantes, no van a conseguir que sean más tontos que ellos.

Es cierto que con su sola presencia en los parlamentos y en los consejos de ministros, acreditan que es posible ser un gañán y vivir del erario público sin una adecuada formación y cometiendo faltas de ortografía o conjugando mal una forma verbal, como hace el ministro Alberto Garzón o alguna de sus compañeras de gabinete.  

Creo que pertenecen a un sector de la generación que ha llegado al poder con un déficit de preparación académica y de sentido del Estado sin precedente en la historia de nuestra democracia, pero eso no significa que los chavales que están entre los diez y los dieciocho años estén contagiados de esa tara porque han nacido en una época en la que acceder a la información sin trabas les convierte en ciudadanos con la posibilidad de estar bien informados.

Yo espero mucho de esta generación de niños y jóvenes que han nacido en la era de Internet y que pueden encontrar respuesta a sus curiosidades o inquietudes en la red, además de en sus maestros, a pesar de que los nuevos planes de estudio los pretendan lobotomizar.

Esos jóvenes  tienen acceso a través de la red o en las bibliotecas a los libros de historia, de geografía, de filosofía, de arte, de matemáticas o de física para  alimentar su curiosidad por el saber sin etiquetas ni manipulaciones ideológicas, y de paso aprenderán a distinguir cuándo y cómo se utiliza la be o la uve, la ge o la jota, la ese o la zeta y sobre todo dejarán de hacerse un lío con la hache, intercalada o no, porque ningún político mediocre tiene suficiente poder para convertir en ignorantes a los ciudadanos que tienen acceso a la literatura en todas sus formas.

Aprovecho para animar a los aficionados al exabrupto a que antes de escribir con pasión o con rabia lo hagan con la elegancia de una buena ortografía y que cuando tengan una duda consulten en Google cómo se escribe correctamente  el insulto que han elegido, porque de esos fallos culturales no tienen la culpa los gobernantes actuales  sino la  ignorancia, compañera de la osadía.

Diego Armario