LA ENCERRONA

Hay gente que se muere por un ripio y otros que lo hacen por una entrevista  en televisión pero en estos tiempos que corren es preferible dar voces en el desierto  a que te las den en un plató,  sobre todo si te han invitado para que te encuentres con una sorpresa desagradable.

Yo que procedo de este oficio en el que el periodista antes hacía preguntas y ahora discute  con el invitado y le  acusa de lo que sea menester con tal de quedar mejor que él, me conozco a los nuevos entrevistadores que son personajes que provienen del mundo del show bussines y sus principios son los de Groucho Marx.

Ayer  Joaquín Leguina  se vistió de amarillo, un color que en el mundo del espectáculo trae mala suerte,  y fue a Chester, el programa en el que Risto Mejide sienta a sus invitados para hacerles pasar un buen rato o para darles un disgusto.

Le habían dicho que iba a hablar de mujeres, que es un asunto que a los escritores nos  gusta porque son inspiradoras de muchos de nuestros relatos, pero nadie le advirtió que le estaba metiendo en un fango de sorpresas porque lo que realmente pretendía el entrevistador era hacerle una encerrona, ponerle contra las cuerdas, acusarle de machista  y enfrentarlo a Beatriz Talegón, una ex socialista especializada en dar gritos por twitter o en persona.

Leguina es un buen polemista que defiende y argumenta sus ideas sin tapujos ni complejos, pero cuando pensaba que iban a hacerle una entrevista sobre su vida personal y política se encontró con que le habían elegido para vapulearle  porque un día escribió un tuit metiéndose con  los viejos “que se casan con jovencitas en vez de ir a manifestaciones republicanas, que es algo que sale más barato”, o porque su concepto del feminismo no coincide con las tesis más extremas que proclaman el hombre casi tiene que pedir perdón por el hecho de serlo.

La corrección política está convirtiéndose en la dictadura de la estupidez oportunista que abrazan incluso algunos machistas disfrazados que, por muchas gafas oscuras que se pongan, no convencen porque hace tiempo dejaron huella de cómo trataban a chicas jóvenes que cantaban en concursos en los que él era jurado.

En cualquier caso  algo de culpa tiene también Leguina por ir a un programa en el que no se le había perdido nada pero donde podía perder mucho.

Para eso no hace falta tener mucha vista porque hasta Jorge Luis  Borges, si viviera en estos tiempos, habría tenido suficiente clarividencia para no acudir a ese tipo de citas, con ese género de preguntadores.

Diego Armario