LA ÉPICA DE LOS TRILEROS

Puigdemont, Forcadell, Turull, Rovira. Y otros. Al adentrarse en los perfiles y currículos de los cabecillas de la operación, igual que al oírlos y verlos, se refuerza la impresión de que el azar o la necesidad han elegido a los adecuados. A los idóneos para arrojarse al precipicio. No porque ellos quieran, no porque necesariamente lo sepan. Es que la única salida que le ha quedado al desafío al orden constitucional y a España, que lanzó la cúpula de Convergencia hace un lustro, es esa. Año tras año, elección anticipada tras elección anticipada, fueron tapiando todas las posibles salidas de emergencia. Ya sólo hay una puerta que puedan franquear. Esa puerta, como las que a veces quedan entre restos de pared en lo alto de un viejo edificio en ruinas, da al vacío. Por ahí saldrán.

Los conductores seleccionados, por selección inversa, creerán probablemente que no van a perder. O que no tienen nada que perder. Pero lo que personalmente crean o dejen de creer sobre su suerte (en los tribunales, por ejemplo) carece de importancia al lado de lo que se podría perder si no llegan hasta el final. Si no hacen todo, con todas las ilegalidades, atropellos y abusos que sean precisos, para que parezca que lo han hecho todo. Y es que el largo, sinuoso y pesado procés quedaría completamente desguarnecido, reducido aún más a un esperpento de tercera, en riesgo de recibir el abucheo de los propios fans de la obra, si ahora se echaran para atrás. Necesitan un acontecimiento.

Necesitan un final que puedan rodear de un halo épico, y tienen a su disposición, como cualquiera a falta de otra cosa, la épica del fracaso: agraviada, airada, lacrimosa. Otra vez. Lo necesitan, y muy urgentemente, para reagrupar a unas masas, las suyas, que estaban en trance de desbandada porque nadie, salvo los fanáticos con sueldo público que acaudillan la cosa, aguanta en estado de excitación permanente durante tanto tiempo. Menos aún en un estado de excitación por un objetivo cuyas posibilidades de realización se van diluyendo. Puede tardar, pero el baño de realidad acaba surtiendo efecto.

El declinar del fervor separatista se empezó a constatar no mucho después de aquellas elecciones que iban a ser plebiscitarias y definitivas, y dejaron de ser plebiscitarias y definitivas en el instante en que se hizo el recuento de votos. Desde que se hizo patente que no lograban reunir la masa crítica necesaria, y que no existía –ni existe– en Cataluña la mayoría a favor de la ruptura con España que proclamaban. Desde que se entrevió que la propia ruptura no era el trámite fácil y rápido, todo ventajas, cero costes, que el mundo entero, incluida la UE, iba a reconocer ipso facto, porque yo lo valgo. Ese era el panorama. Y esta era la cuestión: ¿cómo salir de ese impasse?, ¿cómo inyectar nuevo fervor?

El presidente del Gobierno, en su intervención después del Consejo de Ministros extraordinario, se dirigió “a los responsables de la Generalitat”. “Les digo que no sigan avanzando en este camino hacia el precipicio institucional, que no menosprecien la fuerza de la democracia española”, dijo Rajoy. Y también: “Les pido que abandonen ya esa escalada de ilegalidad, de crispación y de autoritarismo porque el Estado de Derecho no se va a plegar a sus bravatas ni a sus ilegalidades, simplemente, porque no puede”. Me temo que es un llamamiento en vano. Habrá que hacerlo. Pero hay que contar con que avancen hacia el precipicio y persistan en la escalada de ilegalidad, autoritarismo y crispación. Sólo van a poder salir de su callejón sin salida provocando una convulsión.

Cristina Losada ( Libertad Digital )