Son las tres en la península. Las dos en Canarias. Imágenes estremecedoras y títulos escalofriantes se suceden unos tras otros acompañadas de la voz de los cabezas parlantes en tono de tragedia. Comienza el telediario. Bienvenidos al mundo de pesadilla narrado por los profesionales del terror informativo. Bienvenidos al presente del nuevo mundo de diseño de los dueños de todo.

Es innegable la utilidad práctica que aún tiene la otrora televisión, adaptada a los tiempos de la revolución digital, y el telediario como el mejor instrumento para captar la atención ciudadana que pretende estar informada.

El televidente estableció, hace tiempo ya, una relación de cercanía y confianza con los presentadores de noticias que, de manera más o menos inconsciente, pasaron a formar parte de la cotidianidad de millones de seres humanos en todo el planeta. Son vistos y oídos todos los días y “están” en casa como uno más de la familia.

Nos han informado, enseñado lo que pasaba ahí fuera, y ellos nos los contaban todo. Si la televisión lo dice… debe ser verdad.

La actualidad informativa en la televisión está dominada por la tragedia desatada por un virus mortal que azota el planeta desde hace un año. Las imágenes chocantes de UCI, sanitarios con EPI, respiradores, pruebas PCR, ambulancias, pasillos y salas colapsados de enfermos con su rostro pixelado, ataúdes apilados y cementerios desbordados, son los estereotipos de un nuevo género televisivo y que vehiculiza una nueva narrativa social de impacto global, la del terrorismo informativo.

Me remito a la RAE. “Terrorismo: Forma violenta de lucha política, mediante la cual se persigue la destrucción del orden establecido o la creación de un clima de terror e inseguridad susceptible de intimidar a los adversarios o a la población en general”. Demás está aclarar que el ejercicio de la violencia no es solo físico.

La información utiliza hoy métodos de terrorismo puro y duro generando el pánico que inmoviliza y deja inerme a la población. Deimos, el terror en la mitología griega, de la mano de su hermano Fobos, el pánico, son los que hoy marcan la línea editorial informativa en las cadenas de televisión de los medios de comunicación alineados al unísono con el discurso único globalista.

Hace tiempo también que el televidente ha pecado de ingenuidad y de exceso de confianza ¿Por qué los mismos que con elegancia, sonrisa mediante, buenas maneras y hasta sensualidad, han orientado la opinión, tergiversado, omitido y mentido acerca de hechos, personajes y acontecimientos de relevancia para la vida de las personas, ahora se les debe creer sin dudar acerca de lo que pasa más allá de sofá?

Son los mismos que actúan como cadena de transmisión de las políticas oficiales y que en su momento nos informaron que a lo sumo en España habría algún caso diagnosticado, que las mascarillas no eran necesarias y que ahora son obligatorias, o que literalmente habíamos derrotado al virus. Ahora la culpa es de los ciudadanos, de las reuniones familiares en Navidad o de llevar las mascarillas mal colocadas.

Los artefactos explosivos de la artillería semántica y discursiva cotidiana son utilizados a mansalva, indiscriminadamente sobre la población.

Las palabras y frases empleadas y los títulos impresos en pantalla son verdaderamente contundentes y efectivos, provocando un shock permanente en el inconsciente del televidente: los datos son demoledores, la pandemia está descontrolada, la aparición de nuevas cepas no garantiza la efectividad de las vacunas, el colapso en los hospitales y las funerarias no tiene precedentes, las UCI están desbordadas, el riesgo de la propagación es extremo, hoy hemos alcanzado el récord de casos de contagios, ingresos y muertes diarias… y podríamos seguir ejemplificando el tono y el lenguaje empleado por los periodistas mejor valorados de España.

Y todo ello, como no, acompañado de las imágenes repetidas una y otra vez que ilustran el discurso del terror: pinchazos, jeringuillas, tubos de oxígenos, respiradores y brillantes ataúdes a la hora de comer.

Los daños provocados y sus consecuencias a corto, mediano y largo plazo por el uso de la violencia discursiva del terror aún están por verse.

En la era del terrorismo informativo no hay tregua ni prisioneros. Infundiendo miedo y pánico en la población, atentando en la sagrada intimidad del hogar mediante un aparato medido en pulgadas, la penetración y alcance del discurso del régimen terapéutico protector (en palabras del italiano Diego Fusaro) es total y absoluto.

Durante los años 70, las estrellas más díscolas del Rock, durante sus maratónicas giras plagadas de excesos, estupefacientes, sexo y alcohol, al ocupar la habitación más cara del hotel de lujo, lo primero que hacían era tirar la TV por el balcón.

La imagen de un aparato de rayos catódicos explotando y haciéndose añicos contra el suelo -también vista por televisión- podrían dar una mera pista de cómo comenzar a luchar contra el terrorismo informativo.

José Papparelli ( El Correo de España )