LA ESCALA DEL MAL

Los científicos debaten desde hace décadas si los virus son un organismo vivo. Lo cierto es que son estructuras simples que se reproducen en el interior de las células sin las cuales no pueden existir.

Los virus son cien veces más pequeños que las bacterias y miden alrededor de una centésima de micrómetro, lo que supone el tamaño de un milímetro dividido por 100.000. Por ello, sólo pueden observarse a través de los microscopios electrónicos.

Cada virus tiene un material genético que lleva la información para reproducirse, una especie de código de instrucciones, rodeado de proteínas y una envoltura grasa que les protege. Lo llamativo es que, a pesar de su aparente simplicidad, evolucionan y se adaptan el entorno animal o vegetal para sobrevivir desde hace millones de años.

Según un informe de «The Economist», los primeros coronavirus fueron descubiertos en la década de los 60 y se han clasificado unas 40 variantes. Fueron bautizados con ese nombre porque los primeros científicos que los observaron vieron que tenían una forma similar a la de una corona.

Todo esto es sobradamente conocido por los biólogos y los médicos, que llevan muchos años estudiando su conducta y las vacunas que nos inmunizan cuando son dañinos. Pero a pesar de ello, no deja de sorprender su prodigiosa capacidad de replicarse a una velocidad de vértigo en el interior, por ejemplo, de un animal o un ser humano.

Dicho con cierta simplicidad, hay virus que sobreviven como inquilinos tras provocar la enfermedad del organismo que los alberga e invadir sus células para reproducirse. Así funciona el coronavirus que surgió en China hace unos meses y que nadie sabe con certeza su origen, casi seguro provocado por la mutación dentro de un animal.

Todo este preámbulo debería hacernos reflexionar sobre la naturaleza de la amenaza que nos está destruyendo: un ser minúsculo, invisible, simple, que parasita nuestras células para multiplicarse y que, según he leído, condiciona incluso la conducta de algunas especies.

Así que el hombre ha llegado a la Luna, ha penetrado en muchos de los secretos del átomo, ha construido ordenadores que hacen millones de operaciones matemáticas por segundo y ha desarrollado complejos sistemas de comunicación, pero es incapaz de combatir a un virus que algunos ni siquiera consideran un ser vivo.

Todo esto debería ser ya no sólo una lección de modestia sino además una demostración de nuestra vulnerabilidad en un planeta cuyas fuerzas no podemos controlar. Estamos a merced del cambio climático, pero también de la microbiología, de organismos insignificantes que nos pueden destruir.

La escala del mal es en este caso infinitamente pequeña en un mundo globalizado, donde los grandes imperios como Estados Unidos y China, que poseen armas nucleares y pugnan por el dominio del espacio, pueden ser destruidos por un virus. Nunca creímos que esto pudiera pasar, pero está sucediendo delante de nuestros ojos.

Pedro García Cuartango ( ABC )