Como los españoles, a lo largo de casi cincuenta años, hemos sido parciales a favor de los malvados y de los poderosos, hemos hablado en contra de la verdad y nos hemos mostrado débiles a la hora de reclamar justicia, ahora nos encontramos absolutamente despreciados a lo largo y ancho del mundo mundial, tanto por los rivales fuertes como por los adversarios mindundis. Todos nos desafían, y nada tenemos que oponerles; y lo menos de todo, la dignidad.

Si finalmente lo permiten nuestros bien instalados enemigos interiores y exteriores, a VOX, la única y problemática esperanza política actual, le dejarán gobernar cuando España esté en completa bancarrota, para que se lleve todos los sartenazos.

Porque así es la estrategia que las izquierdas resentidas y sus amos han utilizado siempre, desde que la muerte de Franco les dejó libre el campo: arruinar al país, llevándoselo crudo y, cuando ya no queda teta que chupar, retirarse a la oposición a coger fuerzas, dejando que los tontos o los cómplices sin poder real -¿lo será VOX, llegado el caso?- administren el caos y la ruina.

Pero «ajo y agua», porque eso es lo que este desechable paisanaje, que saludamos y nos saluda cada mañana al salir de casa, ha venido eligiendo y reeligiendo para nuestro Gobierno con obstinación digna de mejor causa, ante la indiferencia o la inacción de los ciudadanos normales. La pregunta es: ¿de qué se queja el gentío, pues?

Es lógico que, en una estabulada sociedad que no aprende de la experiencia, aún tengamos que soportar la sorpresa de tantos y tantos que, al hilo de los precios e impuestos disparados; de las multitudinarias, aunque tardías, huelgas y manifestaciones; o del humillante pitorreo que, de la mano de Anglosajonia y de las consiguientes traiciones institucionales patrias, se trae Marruecos con nosotros, por ejemplo, se echen las manos a la cabeza, preguntándose cómo hemos llegado hasta aquí.

Cómo es posible que España pueda hallarse, absolutamente indefensa, sin Estado -ni Rey, ni ejército, ni justicia, ni seguridad, ni educación-, en manos de sus enemigos más feroces, internos y externos.

Y si aún se lo preguntan es porque mantienen vivo su autoengaño y siguen enchufando puntualmente sus telebasuras; porque permanecen, como todos estos años, en Babia, bajo el somnífero publicitario de los informadores de vertedero, sin querer ver y aceptar que el país lleva décadas dirigido por la España de la cloaca y del pesebre, conformada por ciervos y siervos, ciegos y borregos, canallas, criminales y ladrones. Que los necios y los malvados siempre son mayoría. Y que el Mal los reúne a todos y aprovecha la imbecilidad o cobardía de los buenos para llevar a cabo sus atrocidades.

Sólo esta composición social puede explicar que fuera tan numeroso el rebaño al cual hipnotizó en su día Felipe González, y que lo haya seguido siendo hasta esta misma hora por sus aventajados herederos. Muy pocos parecen entender, todavía, que los advenedizos y los pícaros eligen, aun instintivamente, al Gran Impostor para que los tutele.

Bajo su amparo se sienten cómodamente representados, protegidos, seguros, impunes… Por eso, en el corral de cabras que ha sido España durante la malhadada transición, colocan en la poltrona a los tigres más enloquecidos para que se sacien con la sangre de los lanudos residentes.

Corruptos como son también los electores, a imagen y semejanza de sus elegidos, esta inmensa tropa camuflada entre la ciudadanía, que disfruta viendo la ruina de sus vecinos o roba e infama a su medida y manera, desea conservar durante su paso por el foro esa satisfacción de escorpiones victimarios o de ladrones predilectos que no temen a la soga. Quieren ser los favoritos del Mal, conformándose con ser ladrones de segunda clase, porque no tienen capacidad para ser el mismo infierno, sólo sus siervos.

Pero como se saben indispensables para mantener la podredumbre que conviene a sus amos, exigen a cambio los correspondientes lóbis y privilegios para pasear con aire de señores las rentas clientelares y la posición social obtenida por su amistad o cercanía o afinidad con los amos.

Toda la mugre social, todos los depravados y vagos que pululan por las calles por donde tú, amable lector, caminas preguntándote el porqué de este tiempo de iniquidad, viven épocas excepcionalmente fructíferas para sus miserables ansias e intereses cada vez que acceden al poder las bestias socialcomunistas, y sus mentores.

¿Quién puede cobijarles con mayor seguridad y recompensa que el señor X o el Satanás de turno? ¿Cuándo la historia ofrece mayores oportunidades a los sinvergüenzas que cuando gobiernan los renegados y maleantes? Por eso tienen vigencia permanente las ideologías abyectas, porque existe una disimulada milicia de sicofantes y rufianes entre nosotros que las mantienen y mantendrán en activo a toda costa, por encima de la verdad e incluso de la vida.

Mucho tendría ganado la sociedad si consiguiera evitar la dispersión y concentrarse en conocer a sus verdaderos enemigos, centrando así el combate contra ellos. Si lograra aislar, por ejemplo, a la propaganda oficial y a la hueste de enmascarados que bullen e intoxican la realidad en el día a día, en beneficio de sus codicias y bajos instintos.

En una actualidad de entramados mafiosos, a todos los niveles y en todos los estamentos -desde el rojo al negro, sin olvidar el morado y el rosa-, sólo los que tengan la voluntad de desvelarlos y acabar con ellos podrán vivir con dignidad en España. Eliminando el muladar para siempre.

Gracias a personajes como Pedro Sánchez y a su reata de votantes -que lo justifican y a quienes cabalmente representa- es como mejor se manifiesta que la libertad de seguir la propia conciencia no es sólo un derecho, sino una obligación y una responsabilidad.

Pero nadie puede obligar a otro hombre a cubrir su responsabilidad -salvo la ley, hoy inexistente- ni comunicar qué es la verdad, si ese otro hombre -o mujer-, tu vecino, no desea buscarla. La verdad está alrededor de nosotros y cada uno debe tratar de encontrarla para hallar en ella su propio camino. Algo que, hoy, en España, parece una quimera.

Mientras tanto, como el diablo nunca descansa, España sigue y seguirá desangrándose, esperando -¿hasta cuándo?- a la gente de bien, a los espíritus libres capaces de convertir el mal y la muerte en vida y en victoria.

Jesús Aguilar Marina ( El Correo de España )