LA ESPAÑA PARTIDA

Para entender bien lo que sienten  los catalanes no independentistas hay que ser vasco porque ellos llevan décadas padeciendo el acoso, el desprecio y la violencia verbal y física de los asesinos de ETA y sus cómplices  activos o silentes, como refleja con cruda naturalidad Fernando Aramburu en su novela “Patria”,  que va a ser llevada a las pantallas del cine próximamente.

Y me expreso así porque ayer comí con una vasca, que tiene en su memoria a un familiar asesinado por ETA, y me sorprendió escucharle decir que “el domingo próximo va a ser la primera vez que vamos a votar después de algo muy gordo”.

Jamás se me habría ocurrido pensar que existiese algo más gordo que lo que sucedió en Euskadi durante los años de plomo, bombas lapa y tiros en la nuca,  pero está demostrado que el subconsciente es demoledor porque aflora cuando menos te lo esperas y pone delante de tus narices escenas premonitorias que sabes que ya has vivido pero que anuncian regresar, aunque no sea cierto.

El drama de nuestra sociedad, como el de tantas otras que han sufrido desgracias intolerables, es la temprana amnesia que nos invade y  nos lleva a creer que la gente que odia a los demás por cuestión ideológica es recuperable.

Tal vez por eso mi amiga vasca definía como “algo muy gordo” lo que está pasando en Cataluña porque le trae a su memoria el odio que existió y aún pervive en su tierra, de los independentistas contra los que no lo son,  porque el nacionalismo hace que se sientan superiores los que en el fondo sufren un demoledor complejo de inferioridad y necesitan defenderse de las personas normales.

Como la historia es una permanente repetición de errores y a veces de desgracias, esas anómalas situaciones que convierten en apestados en su propia tierra a quienes no participan de la estúpida ceremonia de los lazos amarillos y el insano odio que respiran los nuevos matones en Cataluña, son observadas solo de reojo por quienes prefieren no meterse en problemas en vez de denunciar esa injusticia, y esto no es nuevo porque  hace setenta años muchos ciudadanos quisieron creer que, los trenes de Dachau o de Auschwitz, llevaban ganado en vez de personas al matadero.

La gente que conozco , y me precio de tener noticia fiable sobre muchos y muy diferente en su forma de pensar, no tiene el “corazón partío”,  como Alejandro Sanz,  porque esa imagen solo le sirve a los poetas para hacer sus  versos y a los trovadores para ponerle música  y cantarlos a los cuatro vientos.

Personajes con más cabeza que corazón,  me dicen que  éstas  elecciones singularmente trascendentes les provocan desazón porque el mapa político que se nos presenta y los dirigentes de los partidos que concurren a las elecciones son manifiestamente mejorables y preocupantemente poco de fiar.

Están empeñados en darle la razón al poeta que, entristecido por la muerte de su padre, sostenía que cualquier tiempo pasado fue mejor, aunque no es cierto, porque lo que ha empeorado es la calidad intelectual, moral y humana de algunos de los actores que juegan con nuestro futuro.

Diego Armario