LA ESPAÑA REAL

Como diría un describidor de obviedades, “esto es lo que hay”, por más que unos se resistan, otros se cabreen y otros quieran prohibirlo por ley, pero la España real está constituida por gente, gentecilla y gentuza – algunos de ellos importados de países donde no los soportaban –  que es una clasificación que utilizo de vez en cuando para no dejar fuera a ningún ciudadano, porque en ella caben todos.

Llevamos años observando un fenómeno sociológico atípico y, por lo tanto, alejado de la realidad social de nuestro país, que es plural aunque últimamente parecía que España estaba solo representada por la gente de un sector ideológico que defiende sus postulados, como si fuesen los únicos posibles.

La fuerza de la izquierda parecía imparable y además mayoritaria porque a sus planteamientos ideológicos se sumaban todos los grupos, por más heterogéneos que fueran, unidos por la argamasa de romper con un consenso constitucional que dura ya cuarenta años y que es el periodo de progreso social, político y económico más largo  que hemos tendido en toda nuestra historia.

Una legión de adanistas, muchos de ellos iletrados, ágrafos y sin memoria de lo que fue este país cuando existía la dictadura del que hoy sigue enterrado en el Valle, se quiere inventar  una España plurinacional cuando hay gente  -por ejemplo- en Almería o en Murcia que se preguntan “¿ezo qué é lo que é”?, y otros que lo que quieren es un pan su hembra y la fiesta en paz, con la libertad conseguida y la que está por venir.

Mientras tanto  una derecha acomplejada que a ratos se disfraza de socialdemócrata, o de agnóstica, o de revolucionaria, y  la que se le nota cómo le crujen las costuras porque no es así, ha ido pidiendo perdón por llevar corbata, por creer en Dios, y por tener tradiciones y gustos atávicos que forman parte de nuestra cultura.

A esta fiesta de exageraciones prohibiciones con  vocación sociológica de imponer  un pensamiento único,  solo le faltaba  la versión hispana del libro rojo de MAO, pero sus autores no había caído en la cuenta de que España no es una sociedad uniforme y nuestra herencia genética dista mucho de convertirnos en ciudadanos  sometidos y obedientes.

Por eso no entiendo la sorpresa de quienes, escandalizados se mesan los cabellos diciendo que cómo es posible que haya surgido una ultraderecha política a la que votan muchos ciudadanos que hasta ahora se habían declarado de izquierda, y lo único que se les ocurre a esos lumbreras es proponer aislarlos y prohibir su existencia.

¡Hace falta ser gilipiollas!

En la España real hay tres tipos de personas a las que políticamente se las puede clasificar en gente de derecha, gente de izquierda y gente cabreada.

Tomen nota los que se creían que eran los reyes del mambo.  La gente de derecha y de izquierda también se cabrea, y cuando le empiezan a entrar ganas de blasfemar,  vota a VOX.

Diego rmario