Señora Celaá, es usted un esperpento y una miserable señoritinga de la margen derecha del Nervión, hija de una sociedad vasca de antiguos señoritingos, dueños de las acerías y terratenientes que enviaban a su hijos e hijas a los jesuitas y las monjas irlandesas, en las cuales usted y sus hijas se educaron.

Con este currículo se mete usted a meritoria socialista para asestar la última puñalada a un sistema educativo que su partido, con la ayuda de otro, parieron en los albores de eso que llaman la transición (transición, ¿adónde?, ¿a la miseria? Sí) que ha dado lugar a tres generaciones de españoles quasi-analfabetos, ágrafos y adoctrinados en la cultureta que diletantemente usted abrazó.

Esa cultura de odio a lo español, a la historia de España, al español como lengua común, a nuestra tradición y tradiciones, a los valores cristianos, a la herencia hispano romana, al derecho de gentes, a la ingente hazaña descubridora, evangelizadora a todo lo largo y ancho del planeta. Odio a la leyenda «blanca» de respeto a los nativos y su reconocida condición de ciudadanos iguales y no súbditos, con los mismos derechos que cualquier hidalgo vizcaíno o campesino burgalés, que los monarcas decretaron para la Hispania y españoles de ultramar.

Ha venido a destrozar la educación del mérito y el esfuerzo, de la memoria protectora de una futura pandemia de Alhzeimer, del conocimiento del mundo y lenguas clásicas, del conocimiento literario, histórico, filosófico, hurtados a nuestros jóvenes, para ser sustituido por los aprobados masivos y cuatro asignaturas troncales.

Ha venido para cargarse la educación especial por eso, por ser especial, especializada, individual, no igualitaria entendida esta última como ese falso igualitarismo socialista que no es otra cosa que elitismo para los dirigentes y miseria para los parias de la tierra y la famélica legión que reza el himno de su partido.

Ha venido a cargarse la educación concertada, de mayor calidad y más barata para los españoles que la pública que ustedes dicen defender y que está trufada de sectarismo y adoctrinamiento. Ha venido a cargarse la educación diferenciada por sexos para aquellos padres que la deseen, porque previamente se han cargado la libertad de los padres para elegir que educación quieren para sus hijos. Ha venido para inculcar en las aulas las mamarrachadas abyectas del LGTB-ismo, del Nazi-feminismo, la perversión de menores y demás aberraciones sexuales habidas y por haber.

Con este currículo, se ha mofado esta semana en la tribuna de oradores de un diputado y padre de una persona con síndrome de Down. Repito el título: es usted una persona miserable, abyecta, despreciable. La que no sabe de lo que habla es usted, pero sí de lo que hace, que no es otra cosa que destruir deliberadamente la educación y la formación de nuestros jóvenes e infantes.

Ustedes, miserables, solo traen muerte y muerte traen sus leyes y las que apoyan, a pesar de que esta nación se esté quedando sin base demográfica, y con ello el futuro como nación libre. Todo en ustedes se dirige a fomentar nuestra extinción, de manera, repito, deliberada y asesina. Sí, asesina. Todo en ustedes y en lo que ustedes defienden tiende a evitar los nacimientos o favorecer la muerte: el aborto, la eutanasia, la anticoncepción. Todo muerte, bajo el cinismo de un falso progresismo de mierda.

Según ustedes y sus leyes, Andrea, la hija del diputado que logró salir adelante como persona, culta, educada, estudiada, cariñosa, ejemplar, no habría nacido. Y ha tenido usted la desfachatez de decirle a su padre que no se entera de lo que es la educación.

Racistas son ustedes y es usted. Con los viejos, con los niños, con las personas con discapacidad, con las embarazadas, con los homosexuales a los que tratan como minorías y marginales, con esas locas del feminazismo. Legislan ustedes para la aberración. Su sola presencia, señoritinga de mierda, me da asco y lo que escupe y defiende por su boca es pura hiel que hasta a las alimañas espanta.

Usted no es otra cosa que el esperpento de su mugre moral e intelectual, el esperpento de si misma.

José Enrique Villarino Valdivielso ( El Correo de España )