La muerte de Isabel II de Inglaterra, uno de los personajes, sino el más, famosos del mundo está protagonizando la programación televisiva española de manera obsesiva y la actualidad política con pésames a británicos y gibraltareños, incluso con decretos de lutos oficiales difíciles de explicar. Sin entrar en las cualidades o defectos de la fallecida, vamos a aprovechar para recordar un poco la historia de la estirpe de la que heredó la Corona y el puesto de cabeza de la Iglesia de Inglaterra y su trato a los católicos o “papistas” como ellos los denominaban. Traté esta cuestión en mi libro “El sueño de España”, en los capítulos dedicados a la leyenda negra antiespañola, de la que los ingleses son máximos creadores.

La persecución contra los católicos en Inglaterra comenzó en 1534 con el Acta de Supremacía, en virtud de la cual Enrique VIII se proclamó jefe de la iglesia de Inglaterra y de paso dueño de sus propiedades y rentas. A partir de ahí cualquier acto de alianza o amistad con el papa pasaba a considerarse traición. El acta de Supremacía fue rechazada por siete conventos franciscanos y por los cartujos de Londres.

Ese mismo año, los cartujos fueron descuartizados con su prior, John Houghton, a la cabeza. En 1535 fueron decapitados Tomás Moro, lord canciller de Enrique VIII y escritor, autor de la famosa Utopía que todavía da nombre a una sociedad ideal, canonizado por la Iglesia católica como santo patrón de los políticos y los gobernantes; Juan Fisher, Obispo de Rochester también canonizado; y Margaret Pole, madre del cardenal Reginald Pole, por el mismo motivo.

Las Peregrinaciones de la Gracia fueron el curioso nombre que recibieron una serie de rebeliones católicas que comenzaron en York y se extendieron por el norte de Inglaterra entre 1536 y 1537. Tras su derrota fueron condenados a muerte 216 laicos, 6 abades, 38 monjes y 16 sacerdotes parroquiales. Su líder, el abogado Robert Aske fue colgado con cadenas en los muros del castillo de York y su cadáver permaneció allí durante meses como medida intimidatoria. Entre los ejecutados había muchos nobles con importantes cargos que fueron sustituidos por la nueva clase dirigente anglicana que se enriqueció, además, con sus posesiones requisadas.[1]

Tras la defunción de Enrique VIII en 1553, heredó el trono la católica María I, hija de Catalina de Aragón, nieta de los Reyes Católicos y, desde 1554, esposa de Felipe II. Con ella en el poder, las tornas cambiaron y los anglicanos pasaron de perseguidores a perseguidos, aunque con mucha menos virulencia que en el caso contrario, mientras la represión contra los católicos se tomó un respiro, que, por desgracia, concluiría tras su muerte sin descendencia en 1558.

Su sucesora fue, por tanto, su hermanastra bastarda Isabel, hija de la decapitada Ana Bolena, que al ser ilegitima desde el punto de vista católico (y, en realidad, también desde el anglicano, porque el matrimonio de sus padres por el que se rompió la unidad del cristianismo en Inglaterra y murieron miles de santos, fue declarado después nulo y su madre ejecutada, aunque después había sido legitimada de nuevo, junto a María, en el acta de sucesión) tuvo que sostenerse en los anglicanos para mantener el poder.

Ciertamente, Isabel, que teóricamente había aceptado el catolicismo, también había sido legitimada por su hermana María, e incluso Felipe II le había propuesto matrimonio para mantener la alianza hispano-británica, pero su posición en el orden católico era de extraordinaria debilidad, al pender sobre su cabeza la espada de Damocles de su ilegitimidad, de modo que buscó el apoyo en los anglicanos. Con ella, la represión contra los católicos se reanudó más terrible que nunca.

Por disposición de Isabel, la asistencia a los servicios religiosos anglicanos se hizo obligatoria, con penas para los ausentes, desde latigazos a prisión y muerte. También estaba duramente penado con cárcel y confiscación de bienes no delatar al vecino que no acudía, con lo que los británicos entraron en una paranoia de denuncias y delaciones vecinales e, incluso, familiares.

No es de extrañar que Chesterton constatase que con la llegada de la nueva religión los ingleses hubieran perdido la alegría, que aún se observaba en el sur católico de Europa. Difícil ceder al jubilo, cuando estás demasiado ocupado espiando al vecino o una denuncia de este puede acarrearte la perdición.

En 1585, el Paramento de Londres dio cuarenta días de plazo para que los últimos sacerdotes católicos abandonaran el país, a la vez que prohibió la misa católica, no solo publica, sino también privadamente. Se consideraba delito de traición castigado con la muerte ser sacerdote católico, así como darles cobijo o cualquier tipo de ayuda. Pese a ello, algunas familias que mantenían su catolicismo en secreto, ocultaban sacerdotes en sus casas, en una especie de zulo llamado priesthole que se popularizó en las viviendas británicas.

Después del hundimiento de la Armada Invencible, la represión se recrudeció con la Real Proclamación de 18 de octubre de 1591, que crea un libro de vigilancia en el que todos los británicos tienen que consignar los movimientos de vecinos, conocidos, parientes o visitantes.

Un sistema de delación y espionaje ciudadano que ni, por supuesto, la inquisición, ni después el nazismo ni el estalinismo ni el maoísmo ni las zonas controladas por el Estado Islámico ni ningún otro régimen por totalitario y liberticida que fuese ha conocido. Impresionante para la patria del liberalismo y los derechos individuales, que aun venera a la reina Isabel I, a la que llama “gloriana” o “la buena reina” y que considera su reinado, objetivamente un periodo de guerras, ruina, inestabilidad y tiranía, una época dorada.

Los efectos de esta represión contra los católicos fueron brutales. Como resume Elvira Roca: “De esta manera, calle por calle y casa por casa, los católicos fueron barridos de la faz de Inglaterra.” En solo diez años (1559-1569) fueron ejecutados más de 800 fieles católicos y unos 160 sacerdotes “de seminario”, como se denominada a los que se formaban fuera de Inglaterra y luego regresaban a ella para dar soporte espiritual a las familias que conservaban su catolicismo en secreto.

Las ejecuciones de sacerdotes católicos, si eran descubiertos, resultaban brutales. Constituían un espectáculo público por el que la gente pagaba entrada. Primero se les amputaban en vivo los órganos genitales, después eran ahorcados, arrastrados y desmembrados (hanged, drawn and quartered).

La “Conspiración de la pólvora”   sirvió de excusa para nuevas persecuciones y asesinatos, cayendo numerosos jesuitas y benedictinos, y aprobándose un cuerpo de leyes aún más duras, que fueron codificadas más adelante en el llamado Clarendon Code, por ser Thomas Clarendon primer ministro entonces. De igual modo que Nerón había culpado a los cristianos del incendio de Roma, las autoridades inglesas culparon a los católicos del gran incendio de Londres de 1666, lo que provocó nuevas persecuciones.

Entre 1678 y 1681, Titus Oates fue acusado de liderar otra supuesta conjura católica, esta para llevar soldados franceses a Inglaterra. Ni que decir tiene que esto desató una nueva oleada de histeria anticatólica. En 1780 se produjeron los Disturbios de Gordon, cuando el anglicano radical John Gordon se opuso a que se suavizaran las leyes represivas contra los católicos, como pretendían otros anglicanos más moderados, lo que desató unos tumultos en los que fueron asesinados alrededor de 700 católicos y también algunos anglicanos acusados de ser católicos o de protegerlos.

Desconozco si la difunta reina de Inglaterra, de cuya muerte no me alegro, como de la de nadie, era buena o mala persona. Desde la distancia diría que se comportó tal y como había sido educada, lo que no es reprochable. Lo que sí digo es que venía de una estirpe de herejes, parricidas, tiranos, genocidas, ladrones y piratas que ha causado y sigue causando indecibles males al mundo.

Por otra parte, y al margen de ello, era la Jefa de Estado de una nación que tiene una colonia en suelo español, por lo que honrarla en su muerte, más allá de las normas habituales de cortesía, me parece una muestra vergonzosa de sumisión colonial propia de colaboracionistas y de traidores.

José Manuel Bou ( El Correo de España )