LA ETERNIDAD NO EXISTE, IMBÉCIL

No existe pensamiento más absurdo que el de la eternidad, sobre todo si es en la tierra, porque en el supuesto de que ese concepto  fuese una realidad, que a día de hoy nadie ha demostrado, sería una pura metáfora y en cualquier caso una demasía insoportablemente aburrida.

Solo pueden ser eternos en el pensamiento o en los libros de historia los que  han sido grandes  en la vida, e incluso los malvados que se pudren en el infierno de sus felonías, porque  no hay perdón para  mala gente  con pedrigrí  que en el mundo ha sido.

Los malvados se reproducen con la misma facilidad que las malas hierbas,  tiene vocación de seguir mandando para siempre e ignoran que no hay mal que cien años dure, ni cuerpo que lo aguante.

Aunque en principio el concepto de durar para siempre lo cultivan especialmente los creyentes,  curiosamente se agarran como lapas  a él los ateos recalcitrantes, porque como rechazan que exista otra vida quieren convertir en inacabable

Nicolás Maduro , Putin y  Kim Jong-un, quieren ser eternos pero cualquier día la van a palmar, por las buenas o las malas, por lo civil o lo militar.

En España también tenemos gente con vocación de permanencia en el poder,  persuadida de que fuera de ese circuito de prebendas y privilegios no son nada, y tienen pesadillas por las noches cuando sueñan que podrían regresar a conducir un camión o a dar clases de profesor mileurista en la Complutense.

Por eso su única aspiración es apalancarse, convertirse en necesarios, hacerse dueños de un hueco, aparecer en las encuestas, aunque sea en las de José Félix Tezanos, ponerse una chaqueta para ir a la Zarzuela  y cobrar lo que procede para pagar el chalé o los caprichos de la amante de turno .

Algunos lamentan que exista la mala costumbre de las elecciones democráticas porque las mujeres y los hombres de este jodío país son mudables en sus afectos,  cambian el sentido de su voto cuando ellos menos se lo esperan y les dejan con las vergüenzas al aire y la hipoteca del chalé a medio pagar.

Ese problema no lo tienen los dictadores, ni los de antes ni los de ahora, a los que jamás se les acaban los recursos aunque se les agoten las ideas y los apoyos.

Aunque no les consuele un valor tan poco comercial, tienen  garantizada su presencia en las páginas de la memoria histórica colectiva  y así las generaciones futuras  sabrán,  cuando se hayan ido, que fueron poco útiles al bien común aunque hiciesen ruido, porque nunca un mediocre mereció el privilegio de ser eterno.

Diego Armario

viñeta de Linda Galmor