LA EXHUMACIÓN DEL CADÁVER

El Papa Esteban VI, instigado por la vengativa Ageltrude, emperatriz del Sacro Imperio, ordenó que desenterraran a su antecesor Formoso I para juzgarle de cuerpo presente. Los servidores del Vaticano extrajeron del sarcófago al Papa muerto, le revistieron de pontifical, le adornaron con la capa pluvial bordada en oro, regalo de Arnolfo de Cavinzia, y sentaron al cadáver en el trono púrpura de la basílica constantiniana para someterle a juicio. Como relató mi inolvidado amigo Indro Montanelli en La Italia de los siglos oscuros y Alfonso Palomares en su excelente libro El Evangelio de Venus, al Papa muerto le defendió un joven y pálido diácono. Actuaron como acusadores Dosio, cardenal de Santa Práxedes, y Otilio de Valmontone, canonista.

Era el 18 de febrero del año 897. Durante el juicio al cadáver, el Papa Esteban VI escuchó las alegaciones. Después condenó a su antecesor, el Papa Formoso, declarando nulo su papado. Ordenó que le despojaran de las vestiduras pontificias y que le cortaran al cadáver los tres dedos con los que impartía la bendición. El cuerpo fue entregado al populacho, sometido a truculentas vejaciones y arrojado al Tíber. El 14 de agosto de ese año 897, por cierto, el mismo pueblo asaltó el palacio laterano y estranguló al Papa Esteban VI. Los restos del Papa Formoso permanecen hoy enterrados en el Vaticano.

En 1355, cumpliendo órdenes del rey Alfonso IV de PortugalGonçalvesCoelho y López Pacheco asesinaron a Inés de Castro, nuera del monarca. Dos años después falleció el rey y su hijo Pedro I ordenó exhumar el cadáver de la que hubiera sido reina de Portugal, la sentó en el trono y la hizo coronar, obligando a políticos y cortesanos a que besaran la mano del cadáver y rindieran honores a la reina que no reinó. Pedro I apresó a Coelho y Gonçalves y ordenó que les arrancaran el corazón. Inés de Castro permanece hoy enterrada en el monasterio de Alcobaça.

Al frenético exhumador de Franco se le abre un dilema ante los antecedentes históricos que aquí he expuesto, aunque quizá busque una componenda para alcanzar la distensión y continuar disfrutando plácidamente de su madriguera monclovita, mientras exhuman el cadáver del dictador y conforme a los versos de Ercilla en La Araucana: “…habiendo ya cantado la victoria, de los contrarios hados rebatidos, quedaron vencedores, los vencidos”.

Luis María Anson ( El Mundo )