No solo ha traicionado Pedro Sánchez a los votantes que un día confiaron en sus promesas electorales, incumplidas de forma sistemática, sino a su propio partido y a los socios que lo mantienen en el poder, indolentes ante una situación que toleran con tal de seguir en el Gobierno.

Es lo único que les une. La claudicación diplomática ante el imperialismo de Rabat, materializado en la cesión el Sahara, es la enésima señal de la absoluta carencia de principios de un Gobierno que en las últimas semanas ha renunciado a su histórico apoyo al pueblo saharaui, se ha puesto en primera línea de ataque a Rusia tras defender lo indefendible, ha maquillado la reforma laboral de cuya derogación hizo el eje de toda su política social, y ha asumido la necesidad de bajar los impuestos, con una tardanza que cada día que pasa acentúa su desgaste.

Lo que pudiera ser un postrero arranque de pragmatismo responde a una falta de rumbo que condiciona cualquier recuperación, empezando por la de la imagen de la nación.

ABC