LA FANTASÍA DE ÉVOLE

Pedro Sánchez parece la fantasía de Jordi Évole. Nacido de sus desvelos y deseos nocturnos como a partir de un rizo salado en la almohada. Convocado por sus entrevistas con sombra apaisada y sentenciosa de basílica, entre la teología falsa de la cera y de los ratones de calaveras, como si Marcelino, pan y vino pidiera a su Cristo carpintero un presidente de España. Évole, con esa pelusa autóctona demujik catalán, lanudo de madre tierra, habría rogado para que llegara Sánchez como una cosecha. Y llegó.

Recuerdo unas imágenes de Salvados, el Parlament que iba girando como si volcara un casino o un trasatlántico hasta que surgía, como su cala, otro edificio: una cárcel. Quedaba al final, así, la cárcel sobre un Parlament sumergido, símbolo de su ahogamiento o naufragio, reflejados uno en otro como un hombre lobo que se mira en un lago. “¿Le damos la vuelta?”, decía luego.

Pero una cárcel y un parlamento no son opuestos. La ley, su cumplimiento, no es lo contrario a la democracia, sino su consecuencia. Igual que Évole soñó una cárcel como espejo de fantasmas de su falsa democracia de balconcillo, soñó un presidente que lo entendiera así también. Y llegó. Sánchez hasta usa su misma realización cinemascópica para que la democracia parezca un reloj de arena al que da la vuelta, y su cuerpo, puro barroco teológico.

Decir que Sánchez acerca a los presos indepes para no contradecir el artificio de Évole sería muy simplista. Porque no se trata de la cárcel (sólo), sino de la ley entendida como reverso de su democracia asamblearia, como mazmorra opuesta a su pomposa gallera. Sánchez va concediendo todo, el “diálogo sin cortapisas”, un TC sin manos, un rinconcito en RTVE, y no se le mueve su ceja de mármol ni cuando el Parlament se reafirma en el 9-N. Todo va siguiendo el guión y la pendiente de Évole, reconociendo sumisa y cobardemente esa democracia dada la vuelta que proponía él, y que vemos ahí ya no como un palacio sumergido sino como una tortuga podrida.

Évole soñó a Sánchez antes que él se soñara dibujado en una Capilla Sixtina de helicópteros y vigilantes de la playa. Un presidente capaz de meter en el mismo espejo al indepe y al tibio, al totalitario y al demócrata, a la ley y a su desprecio. Vaya fantasía.

Luis Miguel Fuentes ( El Mundo )