CONTRA LA FICCIÓN DEMENTE

Es como si la ilusión resplandeciera con toda la fuerza de la verdad”, escribió Baudrillard. Lo podrían firmar, un segundo antes de estrellarse con los hechos, los artífices del Brexit, los impulsores de la independencia de Cataluña o los negacionistas del cambio climático. Pese a su aparente disparidad, los tres fenómenos reflejan el signo de nuestros tiempos: un complejo estado de cosas en el que los razonables pierden los debates a manos de los ilusos, que a su vez son finalmente derrotados por la realidad.

Dos opciones narrativas subyacen en los grandes problemas a los que nos enfrentamos: los realistas tienen miedo; los utópicos deliran. Entre el realismo temeroso y la ficción demente, los ciudadanos tienden a inclinarse por esta última, al final de cuyo camino solo queda frustración y hastío de la política: el desierto de lo irreal, contradiciendo a Baudrillard. ¿No hay más opciones?

En la batalla del relato catalán —se ha repetido mucho—, España no ha comparecido. Cuando lo ha hecho, tímidamente, casi siempre ha enarbolado el discurso del miedo: la UE no aceptará una Cataluña independiente, se fugarán las empresas, se dividirá la sociedad… Frente a eso, la independencia ofrecía una utopía de libertad, riqueza y salud, en la que hasta Junqueras se despertaría convertido en un galán de cine. Nos preguntamos ahora cómo siendo tan demente esa ficción no ha sido posible desmontarla con argumentos. Esperar a que la realidad actúe significa resignarnos a sufrir graves daños.

Solo hay un camino entre la ilusión demente y el realismo temeroso: la esperanza de lo real, entendiendo por ello no lo que ya existe, sino lo que es posible hacer que exista. Al fin y al cabo, “realizar” viene de “real”. La política necesita más que nunca grandes dosis de creatividad, pues como señaló Einstein, “en momentos de crisis, la imaginación es más importante que el conocimiento”. No para inventar mundos imposibles —eso ya lo hacen los dementes—, sino para representarnos la felicidad de los madrileños de respirar sin aprensión o los miles de empleos que crearía la economía verde.

Irene Lozano ( El País )